—¡Oh! ¡Mi hijita, mi hijita!—exclamó el pobre Midas retorciéndose las manos—. ¡No hubiera dado yo el hoyito que tenía en la barba por el poder de convertir toda la tierra en una inmensa bola de oro!
—Eres más cuerdo que eras, rey Midas—dijo el desconocido—. Ya veo que tu corazón no se ha convertido totalmente de carne en oro. Si así fuera, tu caso hubiese sido desesperado. Pero aún pareces capaz de comprender que las cosas sencillas, las que están al alcance de todo el mundo, valen mucho más que las riquezas por las cuales tantos mortales se afanan y luchan. Dime ahora sinceramente: ¿deseas verte libre del Toque de Oro?
—¡Le odio!—respondió Midas.
Una mosca se le posó en la nariz, pero inmediatamente cayó al suelo; también ella se había convertido en oro. Midas se estremeció.
—Entonces—dijo el desconocido—, ve y báñate en el río que pasa por detrás de tu jardín. Toma un cántaro del agua misma y ve rociando con ella cada uno de los objetos que puedas desear que vuelvan a su antigua substancia. Si haces esto con buen deseo y sinceridad, puede que repares el daño que has causado con tu avaricia.
El rey Midas se inclinó profundamente, y cuando levantó la cabeza, el reluciente desconocido ya no estaba allí.
Comprenderéis fácilmente que Midas no perdió el tiempo, y fué a buscar un gran cántaro de barro; pero, ¡ay de mí!, en cuanto le tocó dejó de ser barro. Corrió, sin embargo, hasta la orilla del río. Según iba corriendo a través del huerto, que estaba plantado de grosellas y frambuesas, era maravilloso ver cómo el follaje se ponía amarillo, como si hubiese pasado por allí el otoño. Al llegar al río se tiró de cabeza, sin esperar siquiera a quitarse los zapatos.—¡Puf, puf, puf!—resopló el rey Midas al sacar la cabeza del agua—. Está bien. Éste es un baño refrescante, y supongo que me habrá lavado por completo del Toque de Oro. Ahora, a llenar el cántaro.
Al meter el cántaro en el agua alegrósele el corazón al verle convertirse, de oro que era, en el mismo honrado cántaro de barro que fué antes de que le hubiese tocado él. También notaba un cambio dentro de sí mismo. Parecía que se le había quitado del pecho un peso grande, duro y frío. Sin duda su corazón había ido perdiendo poco a poco su humana substancia y transmutándose en metal insensible; pero ahora iba ablandándose en carne de nuevo. Viendo una violeta que crecía a la orilla del río, Midas la tocó, y no cabía en sí de gozo al ver que la delicada flor conservaba su color característico, en vez de tomar un brillante amarillo. La maldición del Toque de Oro, por lo tanto, se había apartado de él.
El rey Midas se apresuró a volver a palacio, y supongo que algunos criados no sabían lo que les pasaba al ver a su real dueño llevando tan cuidadosamente un cántaro de agua. Pero aquel agua que iba a deshacer todo el daño que había causado su locura, era más preciosa para Midas que pudiera haberlo sido un océano de oro líquido. Lo primero que hizo, como apenas necesito deciros, fué echar agua a manos llenas sobre la dorada figura de su hija.
Apenas cayó el agua sobre ella, os hubieseis reído al ver cómo volvió el color de rosa a sus mejillas. ¡Y cómo empezó a estornudar y a sacudirse! Y qué asombrada se quedó al encontrarse toda mojada y ver a su padre que seguía echándole agua encima.