—¡Basta, papá; por favor, ya no más!—exclamó—. Mira lo que has hecho con mi vestido tan bonito. ¡Y que le estreno hoy!

Clavellina no sabía que había sido un rato estatua de oro; no podía acordarse de lo que había sucedido desde el momento en que corrió con los brazos abiertos a consolar al pobre rey Midas, su padre.

No creyó éste necesario contar a su querida hija cuán loco había sido, pero se decidió a demostrar lo mucho más cuerdo que ahora era. Para esto llevó a Clavellina al jardín, donde echó el agua que quedaba sobre los rosales, y con tan buena suerte, que más de cinco mil rosas recobraron su hermoso color. Hubo dos circunstancias, sin embargo, que mientras vivió conservaron para el rey Midas el recuerdo del Toque de Oro. Una fué que las arenas del río

brillaban como el oro, y la otra que el cabello de Clavellina tenía ahora un reflejo dorado que nunca había observado en él antes de que se hubiese transformado por efecto de su beso. Este cambio era, en realidad, una mejora, y el cabello de Clavellina era mucho más bonito que antes.

Cuando el rey Midas se hizo ya muy viejo y tenía a los hijos de Clavellina sobre sus rodillas jugando con ellos a los caballitos, le gustaba contarles este cuento maravilloso, casi como ahora os le cuento yo. Y cuando acariciaba sus sortijillas de seda, les decía que su cabello también tenía un bonito reflejo de oro, que habían heredado de su madre.

—Y para deciros la verdad, queridos niños míos—comentaba el rey Midas, haciendo cabalgar a toda prisa a sus nietecitos—, desde aquella mañana he aborrecido la vista del oro, no siendo en el cabello de vuestra madre.

—Ea, niños—preguntó Eustaquio, que era muy aficionado a saber la opinión definida de sus oyentes—, ¿habéis oído en toda vuestra vida cuento mejor que este del Toque de Oro?