—La historia del rey Midas—dijo la burlona Primavera—era famosa miles de años antes de que el señor Eustaquio Bright viniese a este mundo, y continuará siéndolo después que él lo abandone. Pero algunas personas tienen lo que pudiéramos llamar «toque de plomo», y convierten en pesado y seco todo lo que tocan sus manos.

—Eres una niña muy lista, para no haber cumplido aún los quince—dijo Eustaquio, desconcertado por lo agudo de la crítica—. Pero bien convencida estás, dentro de tu malvado corazoncillo, de que he bruñido el oro viejo de la historia de Midas y le he puesto más brillante que nunca. ¿Y la figura de Clavellina? ¿No está maravillosamente dibujada? Y la moraleja, ¿no es profunda, clara y bien traída? ¿Qué decís, Amapola, Romero, Trébol, Margarita? Alguno de vosotros, después de haber oído este cuento, ¿desearíais poseer la facultad de convertir las cosas en oro?

—A mí me gustaría—dijo Margarita, chiquilla de diez años—tener el poder de convertirlo todo en oro con el dedo índice de la mano derecha, pero con tal de tener en el de la mano izquierda el poder de volverlo a su estado primero, si el cambio no había resultado a mi gusto. ¡Ay, si lo tuviera, ya sé lo que haría esta misma tarde!

—¿Qué harías?—dijo Eustaquio.

—Tocaría—respondió Margarita—cada una de las hojas de estos árboles con el dedo índice de la mano izquierda, y las pondría verdes otra vez; así es que volveríamos a empezar el verano, sin tener que pasar por el feo invierno.

—¡Oh, Margarita!—exclamó Eustaquio Bright—; estás en un error, y harías una cosa muy mal hecha. Si yo fuera Midas, no haría más que días de oro, como este de hoy, durante todo el año. Las mejores ideas siempre se me ocurren un poco tarde. ¿Por qué no os habré dicho cómo el viejo rey Midas vino a América y cambió el sombrío otoño que hay en otros países en la deslumbrante belleza con que aquí se viste? Doró todas las hojas del gran libro de la Naturaleza.

—Primo Eustaquio—dijo Girasol, chiquillo bueno, que siempre estaba haciendo preguntas sobre la altura exacta de los gigantes y la pequeñez de las hadas—, ¿qué altura justa tenía Clavellina, y cuánto pesaría después de haberse convertido en oro?

—Era casi tan alta como tú—replicó Eustaquio—, y como el oro es muy pesado, pesaría lo menos dos mil libras, y si se hubiera hecho moneda con ella, se hubieran sacado de treinta a cuarenta mil duros en oro. ¡Ojalá Primavera valiese tanto! Vamos, hijitos, salgamos de la cañada, subiendo a lo alto del peñón, y echemos una mirada en derredor.

Así lo hicieron. El sol había ya andado dos horas más de la mitad de su camino, y llenaba el gran hueco del valle con su radiación occidental, de modo que parecía estar lleno hasta el borde de luz suave que se desbordaba sobre las colinas, como vino dorado en una copa. Era un día tan maravillosamente lleno de luz de oro, que se hubiera podido decir de él: ¡Nunca ha existido día semejante, aunque ayer tal vez fué, y mañana será, tan luminosamente radiante! ¡Ah! Pero hay pocos de esos en el círculo de doce meses. Es peculiaridad notable de estos días de Octubre que cada uno de ellos parece ocupar muchísimo espacio, aunque el sol se levanta más bien tarde en esta estación del año, y se va a la cama, como debieran irse los niños, a las tempranas seis de la tarde o un poco antes. No podemos, por lo tanto, llamar a estos días largos; pero parecen, de un modo o de otro, compensar su brevedad con su amplitud, y cuando llega la noche fresca, tenemos conciencia de haber gozado un inmenso brazado de vida desde por la mañana.

—¡Venid, niños, venid!—exclamó Eustaquio—. ¡Más nueces, más nueces, más nueces! ¡Llenad todos los cestos, y cuando venga Navidad, las partiré para vosotros y os contaré magnificas historias!