Y así se fueron, todos contentísimos, excepto el pequeño Romero, que, siento decíroslo, se había sentado sobre un erizo de castaña y se había convertido en acerico de sus pinchos. ¡Dios mío, qué incómodo debía ir el pobre!
EL PARAÍSO DE LOS NIÑOS
EN EL CUARTO DE JUEGO DE TANGLEWOOD
Pasaron los días de oro de Octubre, como tantos otros Octubres han pasado, y pasó el obscuro Noviembre y la mayor parte del frío Diciembre también. Por fin llegó la alegre Navidad, y Eustaquio Bright llegó con ella, haciéndola aún más alegre con su presencia. Y al día siguiente de haber llegado él, cayó una gran nevada. Hasta entonces el invierno parecía haberse retrasado, y nos había dado muchos días tibios, que eran como sonrisas en su rostro arrugado. La hierba se había conservado verde en los sitios resguardados, tales como los escondrijos de las vertientes que miraban al Sur y a lo largo de las cercas de piedra que no dejaban pasar el viento frío. Aún no hacía un par de semanas que los niños habían encontrado un amargón en flor, en la margen del Arroyo Umbrío, precisamente a la salida de la cañada.
Pero ya no había ni hierba ni flores. ¡Qué nevada! Veinte millas de tierra cubierta de nieve hubieran podido verse entre las ventanas de Tanglewood y la alta montaña, si la vista alcanzase tan lejos, entre los remolinos de copos que blanqueaban toda la atmósfera. Parecía como si las colinas fuesen gigantes, que se estuviesen entreteniendo en tirarse unos a otros monstruosos puñados de nieve. Tan espesos caían los copos, que hasta los árboles que estaban a mitad del camino, valle abajo, quedaban ocultos por ellos la mayor parte del tiempo. Algunas veces, es verdad, los pequeños prisioneros de Tanglewood podían divisar el confuso contorno de la gran montaña y la lisa blancura del lago helado al pie de ella, y las manchas negras o grises de los bosques en la parte más cercana del paisaje. Pero esto eran, sencillamente, claras en la tormenta.
Sin embargo, los niños se regocijaban con la nevada. Ya habían trabado conocimiento con la nieve, dando saltos bajo ella cuando caía más espesa, y tirándosela unos a otros a puñados, precisamente como ahora mismo nos figurábamos que hacían las montañas. Y ahora habían vuelto al espacioso cuarto de juego, que era tan grande como el gran salón, y estaba lleno de toda clase de juguetes, grandes y pequeños. El mayor de todos era un caballo de movimiento, que parecía un jaco de verdad, y había una familia entera de muñecas de madera, de cera, de cartón y de china, además de unos cuantos bebés de trapo; y tarugos de construcción, innumerables, y bolos, y pelotas, y peones, y aros, y volantes, y combas, y muchísimos más objetos valiosos de los que yo pudiera enumerar en una página. Pero los niños preferían la nevada a todos los juguetes. ¡Prometía para mañana tantas animadas diversiones, y para todo el resto del invierno! Los trineos, los resbalones desde la colina hasta el valle, las estatuas de nieve que había que esculpir, las fortalezas de nieve que había que edificar, y la batalla de bolas de nieve que había que ganar.
Así los chiquillos bendecían la nevada, y se alegraban de ver que caía cada vez más espesa, y miraban con esperanza el montón que se estaba formando en la avenida, y que ya era más alto que el más alto de ellos.