—¡Vamos a estar bloqueados hasta la primavera!—exclamaron con el mayor entusiasmo—. ¡Qué lástima que la casa sea demasiado alta y que no pueda cubrirla la nieve! La casita encarnada de allá abajo va a quedar enterrada hasta el tejado.
—Pero, chiquillos locos, ¿todavía deseáis más nieve?—preguntó Eustaquio, que cansado de alguna novela que estaba leyendo, había entrado en el cuarto de juego—. Ya ha hecho bastante daño, echando a perder la mejor partida de patines que hubiera yo podido disfrutar en todo el invierno. ¡No volveremos a ver el lago hasta el mes de Abril, y hoy iba a ser el primer día que yo pasase patinando sobre él! ¿No me compadeces, Primavera?
—¡Claro que sí!—respondió Primavera, riendo—. Pero, para que te consueles, escucharemos uno de tus cuentos rancios, de los que nos contabas en el Pórtico o en Arroyo Umbrío. Puede que ahora que no tengo nada que hacer, me gusten más que cuando había nueces que buscar o buen tiempo que disfrutar.
Inmediatamente, Margarita, Trébol, Amapola y todos los chiquillos que aún estaban en Tanglewood, se reunieron en torno de Eustaquio, pidiéndole con afán que contase un cuento. El estudiante bostezó, se desperezó, y después, con gran admiración de la gente menuda, dió tres saltos hacia adelante y tres hacia atrás por encima del respaldo de una silla, con el fin, según les explicó, de poner en movimiento su inteligencia.
—Bueno, bueno, chiquillos—dijo después de estos preliminares—, puesto que insistís, y puesto que Primavera se empeña, veremos si puedo complaceros. Y para que sepáis qué días tan felices existieron antes de que estuviesen de moda las nevadas, os contaré una historia del más viejo de todos los tiempos, cuando el mundo era tan nuevo como el peón nuevo de Capuchina. Entonces no existía en la Tierra más que una estación: el delicioso verano, y una sola edad para los mortales: la infancia.
—Nunca he oído hablar de eso—dijo Primavera.
—Claro que no—respondió Eustaquio—. Será un cuento que nadie ha soñado antes que yo, un Paraíso de los niños que se desvaneció por culpa de una chiquilla tan mala como Primavera.
Y Eustaquio Bright se sentó en la silla sobre la cual había estado saltando, sentó a Capuchina sobre sus rodillas, mandó callar al auditorio, y empezó el cuento sobre la niña mala, cuyo nombre era Pandora, y sobre su compañero de juegos, que se llamaba Epimeteo. Podéis leerle palabra por palabra, porque empieza en la página siguiente.