Hace miles de años que vivieron Pandora y Epimeteo. Y el mundo ahora es muy diferente de lo que era en su tiempo. Entonces todo el mundo era niño. No hacían falta padres ni madres para cuidar de las criaturas, porque no había peligros ni males de ninguna clase, no había ropa que coser, y siempre se encontraba de comer y beber en abundancia. Siempre que un niño necesitaba alimento, lo encontraba colgado de algún árbol. Y si miraba al árbol por la mañana, veía en flor la comida que se le estaba preparando para la noche, y al anochecer veía el tierno capullo de su almuerzo del día siguiente. Era una vida muy agradable. No había tareas que hacer ni lecciones que estudiar; no había más que juegos y danzas, y dulces voces de niños que hablaban o cantaban como pájaros, o saltaban como fuentes de alegre risa durante todo el largo día.
Y lo mejor de todo es que los niños no disputaban, ni tomaban rabietas, ni se recordaba, desde que empezó el tiempo, que ninguno se hubiese ido a un rincón refunfuñando.
¡Qué tiempo más bueno para vivir en él! La verdad es que esos horribles y diminutos monstruos con alas que se llaman Molestias, y que ahora abundan tanto como los mosquitos, no se habían visto nunca en la tierra. Y es posible que la mayor inquietud que hubiese experimentado un niño nunca, fuese la mortificación de Pandora por no poder descubrir el secreto de la caja misteriosa.
Esto fué en un principio la ligera sombra de una molestia; pero cada día se hizo más y más real, hasta que, pasado algún tiempo, la casita de Epimeteo fué menos alegre que la de los demás niños.
—¿De dónde puede haber venido esa caja?—decía a todas horas Pandora—. ¿Y qué tendrá dentro?
—¡Siempre hablando de la dichosa caja!—dijo, por fin, Epimeteo, porque había llegado a cansarse de oir siempre lo mismo—. Me gustaría, querida Pandora, que hablásemos de otro asunto. Anda, vamos a coger unos cuantos higos bien maduros, y a comérnoslos debajo de un árbol, porque ya es hora de merendar. Y también sé dónde está una viña que tiene las uvas más dulces que has probado nunca.
—¡Siempre hablando de uvas y de higos!—dijo Pandora con malhumor.
—Bueno, entonces—dijo Epimeteo, que era muchacho de muy buen genio, como muchísimos niños de aquellos tiempos—, vamos a correr y a jugar con nuestros compañeros.
—Estoy cansada de tanto juego y no jugaré más—respondió Pandora—. No tengo humor para juegos. ¡Esa caja tan fea! No puedo dejar de pensar en ella. Me tienes que decir, por fuerza, lo que hay dentro.
—Ya te he dicho cincuenta veces que no lo sé—respondió Epimeteo, ya un poco molesto—. ¿Cómo quieres que te diga lo que hay dentro, si no lo he visto?