—Puedes abrirla—dijo Pandora, mirando de reojo a Epimeteo—, y así lo vemos.
—Pandora, ¿en qué estás pensando?—exclamó Epimeteo.
Y su rostro expresó tal horror ante la idea de abrir la caja que se le había confiado con condición de no abrirla nunca, que Pandora comprendió que más valía no insistir. Pero no podía menos de seguir pensando en la caja y hablando de ella.
—Por lo menos—dijo—, bien puedes decirme cómo ha venido aquí.
—La dejó en la puerta—respondió Epimeteo—, un momento antes de que llegases tú, una persona muy sonriente y muy inteligente, al parecer, y cuando la dejó en el suelo, apenas podía contener la risa. Estaba envuelto en una capa muy extraña, y llevaba un gorrito que parecía estar hecho, en parte, de plumas; tanto, que yo llegué a creer que tenía alas.
—¿Y qué bastón llevaba?—preguntó Pandora.
—El más curioso que he visto en mi vida—exclamó Epimeteo—. Era como dos serpientes retorcidas alrededor de una vara, y estaba tan bien tallado, que al principio creí que las serpientes estaban vivas.