—Le conozco—respondió Pandora, quedándose pensativa—. ¡Sólo él tiene un bastón como ese: es Azogue, y él es quien me trajo aquí, como la caja! ¡Sin duda la trajo para mí, y probablemente contiene trajes bonitos para que yo me los ponga, o juguetes para que juguemos tú y yo, o alguna golosina muy rica!

—Puede que sí—respondió Epimeteo, dando media vuelta—; pero hasta que Azogue vuelva y nos lo diga, ni tú ni yo levantaremos la tapa.

—¡Que chico más estúpido!—murmuró Pandora cuando Epimeteo salió de la casita—. Me gustaría que fuese un poco más atrevido, que tuviese un poco más de valor.

Por primera vez desde que había llegado Pandora, Epimeteo se marchó sin pedirle que le acompañase. Se fué solo, a coger higos y uvas, y a divertirse luego como pudo en compañía de los otros niños. Estaba harto de oir hablar de la caja y deseaba con todo su corazón que Azogue, o como se llamase el mensajero que la trajo, la hubiese dejado en la casita de cualquier otro niño, donde Pandora nunca la hubiese visto. ¡La caja, la caja, siempre la caja! Parecía como si la caja estuviese embrujada, y como si la casa no fuese lo bastante grande para contenerla, sin que Pandora a todas horas estuviese tropezando en ella, y haciendo que Epimeteo tropezase también.

Sí que era triste para el pobre niño tener una caja en los oídos de la mañana a la noche; sobre todo, porque como los niños en aquel tiempo no estaban acostumbrados a tener preocupaciones, no sabían cómo arreglarse para soportarlas. Así es que una pequeña les daba entonces mucho más que hacer de lo que en nuestros tiempos nos da una muy grande.

Cuando Epimeteo se marchó, Pandora se quedó mirando la caja. La había llamado fea lo menos cien veces; pero, a pesar de cuanto había dicho contra ella, era realmente un mueble muy bonito, y hubiese adornado perfectamente cualquier habitación en que se hubiese colocado. Estaba hecha de una hermosa clase de madera, con vetas obscuras y brillantes, y la superficie era tan brillante, que Pandora podía verse la cara en ella. Como la niña no tenía otro espejo, no comprendo cómo no le gustaba más, sólo por ese motivo.

Los ángulos de la caja estaban esculpidos maravillosamente. Alrededor de la tapa había graciosas figuras de hombres y de mujeres y los niños más lindos que se han visto jamás, echados o jugando entre profusión de flores y follaje; y esos varios objetos estaban tan exquisitamente representados y agrupados con tal armonía, que flores, follaje y seres humanos parecían combinarse en una guirnalda de belleza única. Pero aquí y allí, asomando tras el esculpido follaje, a Pandora, una ó dos veces, se le antojó que veía una cara no tan amable, y alguna otra desagradable del todo, que deslucían por completo la belleza del conjunto. Sin embargo, mirando más de cerca, y tocando con la punta del dedo, no encontraba nada. Sin duda es que al mirar de lado alguna cara verdaderamente bonita, le había parecido fea.

La más bella de todas estaba esculpida en lo que se llama altorrelieve, en el centro de la tapa. No había más en toda ella; la madera bien pulida y obscura, y en el centro aquella cara, con una guirnalda de flores en la frente. Pandora había mirado aquella cara muchísimas veces y se le antojaba que podía sonreir o ponerse seria, lo mismo que si estuviera viva. Las facciones, en realidad, tenían una expresión viva y casi maliciosa, y parecía que en algunos momentos quisiera hablar, y como si los esculpidos labios fuesen a romper en palabras.

Si la boca hubiese hablado, probablemente hubiese dicho algo muy parecido a esto:

—¡No temas, Pandora! ¿Qué mal puede haber en que abras la caja? ¡No hagas caso a ese infeliz Epimeteo! Tú sabes mucho más que él y tienes cien veces más talento que él. ¡Abre la caja, y ya verás qué cosas más bonitas encuentras dentro!