La caja, he olvidado decíroslo, estaba cerrada, no con cerradura, ni cosa parecida, sino con un nudo intrincadísimo de cuerda de oro. Parecía un nudo sin principio ni fin. Nunca se ha visto nudo más ingeniosamente enredado, ni con tantas lazadas y vueltas, que parecía desafiar maliciosamente a que le desatasen a los dedos más hábiles. Y cuanta más dificultad parecía haber en él, más tentación le entraba a Pandora de examinarle, sólo para ver cómo estaba hecho. Dos o tres veces ya se había detenido junto a la caja, cogiendo el nudo entre el índice y el pulgar, pero sin intentar positivamente desatarle.
—Creo—se dijo a sí misma—que empiezo a comprender cómo está hecho. Me parece que si lo deshago podré volverlo a hacer igual que estaba. En eso sí que no habrá mal ninguno. Ni a Epimeteo se le ocurriría regañarme por eso. No quiero abrir la caja y no lo haré nunca, si ese terco de chico no consiente, aunque desate el nudo.
Más hubiera valido que Pandora hubiese tenido algo que hacer o algo en qué pensar, para no haber tenido siempre el pensamiento en el mismo asunto. Pero los niños llevaban tan buena vida antes de que las penas apareciesen en el mundo, que en realidad les quedaba muchísimo tiempo de sobra. No siempre podían estar jugando al escondite entre las zarzas floridas, o a la gallina ciega con guirnaldas de flores sobre los ojos, o a otros juegos que ya se habían inventado cuando la madre Tierra estaba en la infancia. Cuando la vida es todo juego, el trabajo es el juego en realidad. No había absolutamente nada que hacer. Barrer un poco y quitar el polvo a la casita, supongo, y cortar flores frescas (que abundaban por todas partes), y arreglarlas en los floreros, y ya estaba hecho todo el trabajo del día de la pobre Pandora, y para todo el resto del tiempo ¡allí estaba la caja!
Y después de todo, no estoy seguro de que en este sentido la caja no fuese para ella una bendición. ¡Porque le suministraba tal variedad de ideas en qué pensar y sobre qué hablar, en cuanto encontraba alguien que la escuchase! Cuando estaba de buen humor, podía divertirse admirando el brillante lustre de sus caras y la rica orla de hermosos rostros y follaje que la rodeaba. O si estaba de mal humor, por casualidad, podía darle un empujón o un puntapié. Y muchos recibió la caja (era una caja malévola, como hemos de ver, y bien los merecía). Pero, después de todo, si no hubiese sido por ella, Pandora, que tenía una inteligencia tan viva, no hubiese sabido en qué pasar el tiempo.
Porque era, realmente, ocupación sin fin calcular qué habría dentro de la caja. ¿Qué podría ser? Figuraos, queridos niños, qué ocupado tendríais el entendimiento si en vuestra casa hubiese una caja muy grande, que tuvieseis motivo para suponer que estaba llena de una porción de cosas bonitas, que habían de daros como regalo el día de vuestro cumpleaños. ¿Creéis que hubieseis sido menos curiosos que Pandora? ¿Si os hubiesen dejado solos con la caja, no hubieseis sentido siquiera una tentación chiquitita de levantar la tapa? ¡Ay, no, no! ¡Qué cosa tan fea! Pero si pensabais que había juguetes dentro, ya os hubiese costado trabajo perder la ocasión de echar una miradita. En realidad, no sé si Pandora esperaba encontrar juguetes, porque aún no se había empezado a hacer ninguno en aquellos días, en que el mundo mismo era un juguete grande para los niños que vivían en él. Pero Pandora estaba convencida de que en la caja había algo muy bueno y muy bonito. Y por lo tanto, estaba tan impaciente por verlo, como lo estaría cualquiera de las niñas que me rodean. Y hasta puede que un poco más, pero de eso no estoy completamente seguro.
Aquel día de que estamos hablando, su curiosidad aumentó tanto, tanto, que por fin se acercó a la caja. Casi estaba decidida a abrirla, si podía. ¡Ay, Pandora curiosa!
Primero intentó levantarla. Pesaba mucho para las pocas fuerzas de una niña como Pandora. Levantó uno de los lados unas cuantas pulgadas del suelo, y la dejó caer de nuevo: la caja dió un buen golpe. Un momento después se le figuró que había oído algo dentro de la caja. Acercó el oído lo más que pudo, y escuchó. ¡Sí, sí: dentro había una especie de murmullo! ¿Sería sólo el ruido de los oídos de Pandora o el latido de su corazón? La niña no pudo convencerse de si había oído algo o no, pero su curiosidad era más fuerte que nunca.
Cuando volvió la cabeza, cayó su vista sobre el nudo de cuerda de oro.
—Si que debe ser persona habilidosa la que ha hecho este nudo—pensó—. Pero creo que, a pesar de todo, yo soy capaz de desatarlo. Por lo menos, quiero encontrar los dos cabos de la cuerda.
Tomó el nudo de oro entre las manos, y se puso a mirarle lo más atentamente que pudo. Casi sin intentarlo se encontró con que estaba empezando a desatarse. Entretanto, el sol entraba por la ventana abierta, y con él las voces de los niños que jugaban lejos, y acaso entre ellas la voz de Epimeteo. Pandora se detuvo para escuchar. ¡Qué hermoso día! ¿No sería mejor dejar en paz aquel nudo molesto, no volver a pensar en la caja, e ir a reunirse con sus compañeros, y jugar y ser feliz?