AL AMOR DE LA LUMBRE

Primo Eustaquio—preguntó Trébol, que durante todo el cuento había estado sentado a los pies del narrador con la boca abierta—, ¿qué altura exacta tenía el gigante?

—¡Oh, Trébol, Trébol!—exclamó el estudiante—. ¿Te figuras que estaba yo allí con la vara en la mano para medirle? En fin, si quieres saberlo, poco más o menos, supongo que debía tener de tres a quince millas de alto.

—¡Dios mío—dijo el niño con un gruñido de satisfacción—, eso es ser gigante de veras! ¿Y qué largo tenía el dedo meñique?

—Desde esta casa al lago—dijo Eustaquio.

—¡Eso es ser gigante de veras!—repitió Trébol, en éxtasis ante la precisión de las medidas—. ¿Y qué anchura tendrían los hombros de Hércules?

—Eso no lo he podido averiguar nunca—respondió el estudiante—. Pero me figuro que debían ser un poco más anchos que los míos o que los de tu padre, y en general un poco más que los de cualquier hombre de los de ahora.

—Quisiera—murmuró Trébol, acercando sus labios al oído del estudiante—que me dijeras qué tamaño tenían las encinas que brotaron entre los dedos del gigante.

—Eran más grandes—dijo Eustaquio—que el castaño que hay delante de la casa del capitán Smith.