Al oir esto se impacientó Hércules, e hizo un gran movimiento de hombros. Era durante el crepúsculo, y hubierais podido ver caer de su sitio dos o tres estrellas. Todo el mundo, en la Tierra, miró hacia arriba asustado, pensando si el cielo se caería inmediatamente después.
—¿Qué es eso?—gritó el gigante Atlas riendo estrepitosamente—. En los últimos cinco siglos no he dejado yo caer tantas estrellas. Cuando lleves ahí tanto tiempo como he estado yo, aprenderás a tener calma.
—¡Cómo!—gritó Hércules muy rabioso—. ¿Te propones hacerme sostener esta carga toda la vida?
—Eso lo veremos un día de éstos—respondió el gigante—. Y, en todo caso, no debes quejarte si tienes que aguantarla cien años o mil. Mucho más tiempo la he sostenido yo, a pesar del dolor de espaldas. Si al cabo de mil años me da la humorada, muy bien puede suceder que venga a relevarte. Eres hombre muy fuerte, y nunca tendrás mejor ocasión de demostrarlo. La posteridad hablará de ti, te lo aseguro.
—¡Me importa un rábano que hable o no hable!—exclamó Hércules con otra sacudida de hombros—. Sostén el cielo un instante con la cabeza, ¿quieres? Voy a hacerme una almohadilla con mi piel de león, para apoyar el peso encima. Realmente me está despellejando, y me causaría una molestia innecesaria en tantos siglos como he de estar aquí.
—Eso sí lo haré—dijo el gigante, que no quería mal a Hércules, y si se portaba de tal manera lo hacía sólo por buscar, con demasiado egoísmo, su propia conveniencia—. Consiento en sostener otra vez el cielo, cinco minutos justos; pero cinco minutos nada más, acuérdate bien. No tengo ganas de pasar otros mil años como estos últimos. La variedad es la sal de la vida.
¡Ah, y qué torpe era aquel gigante! Echó a rodar las áureas manzanas, y recibió otra vez el cielo de la cabeza y las espaldas de Hércules sobre las suyas, que eran las que debían sostenerle. Hércules recogió las tres manzanas de oro, grandes como calabazas, o más, y se fué derechito hacia su casa, sin prestar la más pequeña atención a las desaforadas voces que le daba el gigante, gritándole que volviera. Alrededor de sus pies creció una nueva selva, y se hizo vieja allí, y otra vez pudieron verse robles de cinco o seis siglos, que se habían hecho añosos entre sus enormes dedos.
Y allí está el gigante aún, o por lo menos allí hay una montaña tan alta como él y que lleva su nombre. Y cuando el trueno retumba en la cima, podemos figurarnos que es la voz del gigante Atlas, que en vano llama a Hércules.