La verdad es que Hércules era muy compasivo de suyo, y consideró que haría un gran favor al gigante proporcionándole aquella oportunidad de hacer una escapatoria. Además, pensó que si lograba sostener el cielo, alcanzaría más gloria que realizando hazaña tan corriente como vencer a un dragón de cien cabezas. En consecuencia, sin decir más palabra, Hércules levantó el cielo de las espaldas de Atlas y lo puso sobre las suyas.
Cuando quedó ultimado el trueque sin novedad, lo primero que hizo el gigante fué desperezarse, y os podéis figurar qué prodigioso espectáculo sería. Primero, con mucho cuidadito, sacó un pie de la selva que había crecido alrededor; luego, el otro. Después, de pronto, comenzó a brincar y a saltar y a bailar de alegría por verse libre. Se lanzaba al aire, nadie sabe hasta qué altura, y al dar de nuevo en el suelo, era tan grande el golpe, que toda la Tierra temblaba. Después se echó a reir con tal estruendo, que su carcajada repercutió de montaña en montaña, cerca y lejos, como si el gigante y ellas fueran otros tantos hermanos regocijados. Cuando se calmó un poco su alegría, echó a andar por el mar; diez leguas avanzó del primer paso, llegándole el agua a media pierna; diez leguas del segundo, con el agua justamente a las rodillas, y otras diez leguas del tercero, con lo cual iba sumergido hasta cerca de la cintura.
Hércules miraba cómo iba avanzando el gigante. Realmente, era maravilloso ver aquella inmensa forma humana a más de treinta leguas, medio sumergida en el Océano, pero con su mitad superior tan alta, brumosa y azulada como una montaña lejana. Al cabo, la forma gigantesca se perdió enteramente de vista, y entonces fué cuando se puso Hércules a considerar qué haría en el caso de que Atlas se ahogara en el mar o fuera muerto a dentelladas por el dragón de las cien cabezas que guardaba las manzanas de oro del jardín de las Hespérides. Si ocurría tal desgracia, ¿cómo podría llegar a desembarazarse del cielo? Porque, entre paréntesis, ya comenzaba su peso a ser un poquito molesto para su cabeza y sus hombros.
—Compadezco al pobre gigante—pensó Hércules—. Si el cielo me pesa tanto en diez minutos, ¡cuánto no le habrá pesado a él en mil años!
¡Oh, hijitos!... No tenéis idea de lo que pesaba ese cielo azul que tan aéreo y tenue parece sobre nuestras cabezas. Y hay que tener en cuenta, además, el viento impetuoso y las frías y húmedas nubes, y el sol abrasador, todo lo cual contribuía a que Hércules se encontrara incómodo. Comenzó a temer que el gigante no volviera nunca. Miró atentamente el mundo que tenía debajo, y reconoció que se era mucho más feliz siendo pastor al pie de una montaña, que estando en su cumbre vertiginosa sosteniendo el firmamento con cuerpo y alma. Porque, según comprenderéis, desde luego tenía Hércules tan inmensa responsabilidad sobre su conciencia como peso sobre la cabeza y los hombros; porque, si no mantenía perfectamente firme al cielo, y no le conservaba inmóvil, podría ocurrir que el sol se desquiciase, o que, después de anochecer, se salieran muchas estrellas de su sitio y cayeran como lluvia de fuego sobre la cabeza de las gentes. Y ¡qué vergüenza para el héroe si, por no aguantar firme el peso, crujía el cielo y se rajaba de punta a punta!
No sé cuánto tiempo hubo de pasar antes de que, con alegría indecible, viera de nuevo la inmensa forma del gigante, como una nube, en el remoto límite del mar. Cuando se acercó, alzó Atlas la mano, y Hércules pudo distinguir tres magníficas manzanas de oro, grandes como calabazas, pendientes todas de una rama.
—Me alegro de volverte a ver—gritó Hércules, cuando el gigante estuvo suficientemente cerca para oirle—. ¿De modo que traes las manzanas de oro?
—Claro, claro—respondió Atlas—. ¡Y qué hermosas son! He cogido las mejores que había en el árbol; puedes creerme, sí, y el dragón de las cien cabezas es cosa digna de verse. Después de todo, mejor sería que hubieras ido tú mismo a buscarlas.
—No importa—replicó Hércules—. Has hecho una excursión agradable y arreglado el asunto tan bien como hubiera podido hacerlo yo mismo. Te doy las gracias muy de veras por tu molestia. Y ahora, como he de ir lejos y tengo prisa, porque el rey, mi primo, está impaciente por recibir las manzanas de oro, ¿tendrás la amabilidad de volver a coger el cielo y quitarle de encima de mis hombros?
—En eso—dijo el gigante tirando al aire las manzanas a veinte leguas de altura o cosa así, y cogiéndolas cuando caían—, en eso me parece, mi buen amigo, que eres poco razonable. ¿No podría llevar yo las manzanas de oro al rey, tu primo, mucho más de prisa que tú? Ya que Su Majestad tiene tanto afán por recibirlas, yo te prometo dar las zancadas más largas que pueda. Y además, que no tengo humor de cargar ahora mismo con el cielo otra vez.