—Quiero tres manzanas de oro—gritó Hércules—para mi primo, el rey.
—Nadie más que yo—afirmó el gigante—puede ir al jardín de las Hespérides y coger las manzanas de oro. Si no fuera por este encarguito de sostener el cielo, daría media docena de zancadas a través del mar y te las traería.
—Eres muy amable—replicó Hércules—. ¿Y no puedes dejar el cielo apoyado sobre una montaña?
—No hay ninguna de bastante altura—dijo Atlas, moviendo la cabeza—; pero si fueras a ponerte en la cima de esa que está más cerca, quedaría tu cabeza casi a nivel con la mía. Pareces ser muchacho forzudo. ¿Por qué no tomas mi carga sobre tus hombros, mientras yo hago ese recado por ti?
Hércules, según recordaréis, era un hombre notablemente vigoroso, y aunque el sostener el cielo requiere gran dosis de fuerza muscular, si algún mortal había a quien pudiera suponerse capaz de semejante hazaña, era él. Sin embargo, tan difícil parecía aquéllo, que vaciló por vez primera en su vida.
—¿Pesa mucho el cielo?—preguntó.
—¡Bah! No gran cosa, al principio—respondió el gigante encogiendo los hombros—; pero al cabo de un millar de años, se hace un poquito pesado.
—¿Y cuánto tiempo tardarás—preguntó el héroe—en traerme las manzanas de oro?
—¡Oh! Eso es cosa de un momento—exclamó Atlas—; salvaré doce o quince leguas de cada paso, e iré y volveré antes de que empiecen a dolerte los hombros.
—Entonces, bueno—respondió Hércules—. Subiré a la montaña que hay detrás de ti y te libraré de tu carga.