—¿Quién anda ahí entre mis pies? ¿De dónde vienes en esa tacita?
—¡Soy Hércules!—tronó el héroe con voz tan fuerte o poco menos como la del gigante—. Voy en busca del jardín de las Hespérides.
—¡Oh! ¡Oh!—rugió el gigante en un acceso de risa inmenso—. Si que es una aventura prudente.
—¿Y por qué no?—exclamó Hércules, un tanto enojado por la hilaridad del gigante—. ¿Piensas que tengo miedo al dragón de las cien cabezas?
Mientras estaban hablando, se reunieron unas cuantas nubes negras alrededor de la cintura del gigante y estalló una tormenta de truenos y relámpagos, causando tal estrépito, que Hércules no pudo entender ni palabra. Únicamente se veían las piernas inmensas del gigante bajo la negrura de la tempestad, y de cuando en cuando aparecía momentáneamente su figura entera envuelta en la niebla. Parecía estar hablando la mayor parte del tiempo; pero su enorme, profunda y ronca voz se confundía con el retumbar de los truenos, e iba, como ellos, rodando sobre las montañas. De ese modo, hablando fuera de oportunidad, el aturdido gigante malgastó inútilmente cantidad incalculable de aliento, porque el trueno hablaba tan alto como él.
Al fin cesó la tempestad tan súbitamente como había empezado. De nuevo pudo verse el cielo sereno, y al fatigado gigante sosteniéndolo, y la luz del sol irradiando sobre su colosal altura, iluminándole y haciéndole destacarse sobre el fondo negro de las nubes tempestuosas ya lejanas. Tan por encima del chaparrón había quedado su cabeza, que ni un solo cabello se le había mojado con la lluvia.
Cuando el gigante pudo ver a Hércules, en pie todavía a la orilla del mar, le gritó de nuevo:
—Yo soy Atlas, el gigante más fuerte del mundo, y sostengo el cielo sobre mi cabeza.
—Ya lo veo—contestó Hércules—; pero, ¿no puedes enseñarme el camino del jardín de las Hespérides?
—¿Qué buscas allí?—preguntó el gigante.