Tan pronto como sucedió esto, comprendió lo que había de hacer: que no le habían ocurrido tantas aventuras notables para no aprender perfectísimamente cómo había de conducirse cuando sucediera algo que se apartara de lo acostumbrado. Era claro como la luz del día que aquella copa maravillosa había sido enviada sobre las olas por algún poder oculto, y guiada hasta allí a fin de llevar a Hércules a través del mar, siguiendo su ruta hacia el jardín de las Hespérides. En consecuencia, sin perder momento saltó por encima del borde y se deslizó hasta el fondo, en donde, extendiendo su piel de león, se dispuso a reposar un poquito. Hasta entonces, apenas si había descansado desde que se despidió de las jovencitas a la orilla del río. Las olas se estrellaban, con agradable y metálico sonido, contra la superficie de la cóncava copa; la bamboleaban ligeramente de un lado para otro, y el movimiento era tan suave, que Hércules, blandamente mecido, cayó pronto en un sueño delicioso.

Llevaba ya mucho tiempo de siesta, probablemente, cuando la copa acertó a tropezar contra una roca, y en consecuencia resonó y repercutió, a través de su substancia de oro o de bronce, cien veces más fuerte que la mayor campana de iglesia que hayáis podido oir. Al ruido despertó Hércules, que inmediatamente se levantó y examinó el lugar en que se hallaba. No tardó mucho en reconocer que la copa había flotado a través de gran parte del mar, y estaba acercándose a la costa de lo que le pareció ser una isla. Y en aquella isla, ¿qué pensaréis que vió?

No, no lograréis jamás adivinarlo, ni aun cuando lo intentéis cincuenta mil veces. Creo positivamente que aquél fué el más admirable espectáculo de cuantos había visto Hércules en todo el curso de sus maravillosos viajes y aventuras. Era una maravilla más grande que la hidra de las nueve cabezas, que se duplicaban a medida que las iban cortando; más grande que el hombre-monstruo de las seis piernas; más grande que Anteo; más grande que todo lo que haya podido ver nadie antes o después de los días de Hércules, y que cualquier cosa que haya aún de ser vista por los viajeros de los tiempos futuros. ¡Era un gigante!

Pero, ¡qué gigante más intolerablemente enorme! Un gigante alto como una montaña; un gigante tan grande, que las nubes rodeaban su talle como un cinturón y pendían de sus mejillas como una barba blanca, y volaban por delante de sus ojos inmensos, de modo que no le dejaban ver ni a Hércules ni a la copa de oro en que viajaba. Y lo más maravilloso de todo era que el gigante tenía levantadas sus grandes manos, y parecía sostener el cielo, que según pudo entrever Hércules a través de las nubes, se apoyaba sobre su cabeza. Realmente, esto parece demasiado para creerlo.

Mientras tanto, la copa resplandeciente seguía flotando y avanzando hasta tocar la orilla. En aquel momento la brisa barrió las nubes que ocultaban la cara del gigante, y Hércules contempló sus enormes facciones: ojos que

parecían lagos, nariz de una milla de largo y boca de igual anchura. Con su enormidad de tamaño tenía un terrible aspecto, pero desconsolado y fatigado, como le podemos observar ahora en muchas personas obligadas a sobrellevar cargas excesivas para sus fuerzas. Lo que era el cielo para el gigante, son los cuidados de la tierra para los que se dejan aplastar por ellos. ¡Cuántas veces acometen los hombres más de lo que permiten sus facultades, y encuentran su perdición, como al pobre gigante le había ocurrido!

¡Pobre hombre! Evidentemente llevaba allí una larga temporada. Una selva espesa había crecido y envejecido alrededor de sus pies, y encinas de seis o siete siglos habían brotado y arraigado entre sus dedos.

El gigante miró entonces hacia abajo desde la remota altura de sus ojos enormes, y divisando a Hércules, gritó con voz que parecía un trueno salido de la nube que acababa de quitarse de delante de su cara: