—¡Me llamo Hércules—dijo con voz bronca el poderoso forastero—, y no te soltaré si no me dices cuál es el camino más derecho para ir al jardín de las Hespérides!
Cuando el Viejo oyó quién era el que le había cogido, comprendió al instante que sería preciso decirle todo lo que necesitaba saber. Tened presente que el Viejo era habitante del mar y correteaba por todas partes, como toda la gente marina. Por de contado, había oído hablar muchas veces de la fama de Hércules, de las hazañas maravillosas que estaba realizando a cada paso y de lo decidido que era siempre para llevar a término cosa que emprendiera. Por tanto, no hizo ya más esfuerzos por escapar, y dijo al héroe cómo podía encontrar el jardín de las Hespérides, y le advirtió, además, cuáles eran las muchas dificultades que habría de vencer antes de llegar a él.
—Tienes que ir por aquí, por allá—dijo el Viejo del Mar después de marcar los rumbos—, hasta que llegues a la vista de un gigante muy alto que sostiene los cielos sobre sus hombros. Y el gigante, si es que está de humor, te dirá exactamente dónde se encuentra el jardín de las Hespérides.
—Y si por casualidad el gigante no está de humor—observó Hércules balanceando su maza en la punta de un dedo—, es muy posible que encuentre yo manera de convencerle.
Dando las gracias al Viejo del Mar y pidiéndole perdón por haberle estrujado tan rudamente, emprendió de nuevo la marcha nuestro héroe. Le ocurrieron muchas y extrañas aventuras, que valdrían muy bien la pena de que las escucharais, si yo tuviera tiempo de narrarlas tan detalladamente como merecen.
En este viaje fué, si no me equivoco, donde encontró a aquel prodigioso gigante, concertado por la Naturaleza de tan admirable manera, que cada vez que tocaba la tierra se hacía diez veces más fuerte que antes de caer. Se llamaba Anteo. Fácilmente comprenderéis que era cosa muy difícil pelear con él, porque en cuanto se le derribaba a tierra de un golpe, se levantaba de nuevo más fuerte, más fiero, más diestro para manejar sus armas, que si el enemigo le hubiera dejado en paz. Así, cuanto más fuerte golpeaba Hércules al gigante con su maza, más lejos parecía de alcanzar la victoria. Yo he discutido algunas veces con personas así, pero nunca me he peleado con ninguna. El único medio que encontró Hércules para poner fin al combate fué el de levantar a Anteo, sosteniéndole con los pies separados del suelo, y estrujarle, estrujarle y estrujarle hasta que le sacó toda la resistencia del enorme cuerpo.
Terminado este asunto, prosiguió Hércules su viaje y llegó a tierras de Egipto, en donde le cogieron prisionero, y le habrían quitado la vida, de no haber matado al rey del país, escapando de ese modo. Cruzó luego los desiertos de África, y marchando lo más aprisa que pudo, llegó por fin a la orilla del gran Océano. Y allí, a menos que pudiera andar sobre las crestas de las olas, parecía que su viaje tenía que darse por concluído.
Nada había delante de él, salvo el Océano espumante, impetuoso, inmenso; pero de pronto, al mirar hacia el horizonte, vió a mucha distancia algo que no se veía un momento antes. Relucía con gran brillo, casi como el redondo y dorado disco del sol cuando se alza o se pone tras el borde del mundo. Se iba acercando evidentemente, porque a cada momento aquel objeto maravilloso se hacía más grande y más brillante. Al cabo se acercó tanto, que Hércules reconoció que era una inmensa copa o un tazón enorme, hecho o de oro o de bronce pulido. Cómo podía flotar sobre el mar, es cosa que yo no sé explicaros; pero, de todos modos, allí estaba balanceándose sobre las olas tumultuosas, que lo mecían a un lado y a otro, levantando sus crestas espumantes contra las paredes, pero sin hacer pasar nunca la espuma por encima del borde.
—He visto muchos gigantes en mi vida—pensó Hércules—, pero ninguno que para beber necesitara copa como ésta.
Y, verdaderamente, ¡vaya una copa que hubiera sido! Era tan grande... tan grande... ¡Me asusta deciros lo inmensamente grande que era! Para compararla con algo, os diré que era diez veces mayor que una gran piedra de molino, y siendo toda de metal, flotaba sobre las olas embravecidas más ligera que una cáscara de nuez en las aguas de un arroyo. Las olas la empujaron hacia adelante, hasta que rozó la orilla a corta distancia del sitio en donde estaba Hércules.