Mientras tanto, Hércules caminaba avanzando siempre, salvando montes y valles y cruzando bosques solitarios. Algunas veces alzaba su maza, y al descargar el golpe hacía astillas un poderoso roble. Tenía la imaginación tan llena de los gigantes y monstruos que había estado combatiendo toda su vida, que tal vez tomara al corpulento árbol por uno de ellos. Tan ansioso estaba Hércules de dar cima a la empresa acometida, que sentía casi haber perdido tanto tiempo con las doncellas, malgastando aliento en el relato de sus aventuras. Esto les ocurre siempre a las personas destinadas a llevar a cabo grandes cosas. Lo que ya tienen hecho les parece que no vale nada, y lo que traen entre manos les parece digno de poner en ello trabajo, correr peligros y aun arriesgar la vida.
Las personas que pasaran por el bosque, no podrían menos de asustarse al verle derribar los árboles con su gran maza. De un solo golpe se rajaba el tronco, lo mismo que herido por el rayo, y las ramas gruesas caían crujiendo y tronchándose.
Apresurando la marcha, sin hacer alto ni mirar hacia atrás, no tardó en oir a los lejos el rugido del mar. Esto le hizo aumentar la velocidad aún más, y pronto llegó a una playa en donde las olas, muy grandes, se deshacían sobre la arena dura, formando una larga faja de espuma, blanca como la nieve. Sin embargo, a un extremo de la playa había un sitio agradable, en donde unos cuantos arbustos verdes trepaban sobre un peñasco, haciendo que su roquiza superficie pareciera blanda y bella. Una alfombra de verde hierba, profusamente mezclada con trébol oloroso, cubría el estrecho espacio comprendido entre la base del peñasco y el mar. ¿Y qué pudo vislumbrar Hércules allí? Pues vió a un hombre viejo, profundamente dormido.
Pero, ¿era real y verdaderamente un hombre viejo? Cierto que a primera vista lo parecía; pero después de un examen detenido, semejaba más bien alguna especie de criatura marina. Sus piernas y sus brazos tenían escama como la de los peces; tenía las manos y los pies membranosos, a la manera de los patos, y su luenga barba, de tinte verdoso, más parecía un puñado de algas que una barba ordinaria. ¿No habéis visto nunca un leño que ha sido azotado por las olas mucho tiempo, y se ha cubierto enteramente de conchas y de algas, y que al fin, cuando se le saca a tierra, parece haber surgido de los más profundos senos del mar? Bueno; pues a aquel hombre anciano le hubierais tomado ni más ni menos que por un leño así. Pero Hércules, en cuanto puso los ojos sobre aquella extraña figura, se convenció de que no podía ser más que el Viejo, el que había de indicarle su camino.
Sí: era el mismísimo Viejo del Mar, de quien le habían hablado las hospitalarias jovencitas. Dando gracias a su estrella por la buena suerte de encontrarle dormido, Hércules fué hacia él de puntillas y le cogió de un brazo y de una pierna.
—Dime—exclamó antes de que el Viejo se despertase del todo—, ¿por dónde se va al jardín de las Hespérides?
Como os podéis figurar fácilmente, el Viejo del Mar se despertó asustado. Pero su asombro apenas pudo ser mayor que el que tuvo Hércules en el momento siguiente. Porque, de pronto, pareció que el Viejo se le deshacía entre los dedos, y en su lugar se encontró sujetando a un ciervo por una pata trasera y otra delantera. Pero siguió apretando. Entonces desapareció el ciervo, y en su lugar había un ave marina que chillaba y aleteaba, mientras Hércules le apretaba un ala y una pata. Pero el ave no pudo escaparse. Inmediatamente después había un horroroso perro de tres cabezas, que gruñó y ladró a Hércules, y mordió fieramente las manos con que le sujetaba. Pero Hércules no le soltó. Al minuto siguiente, en vez del perro de las tres cabezas, apareció nada menos que Gerión, el hombre-monstruo de las seis piernas, dando puntapiés a Hércules con cinco de ellas, para ver de libertar la otra. Pero Hércules siguió sujetando fuerte. En seguida, no estaba allí Gerión, sino una serpiente inmensa, como aquellas que Hércules había estrangulado en su niñez, sólo que cien veces más grande; se retorció y se enlazó alrededor del cuello y del cuerpo del héroe, y sacudió su cola erguida y abrió sus espantosas fauces como para devorarle de un bocado. De manera que el espectáculo era de lo más terrible. Pero Hércules no se desanimó ni pizca, y estrujó la grandísima sierpe con tanta fuerza, que la hizo silbar de dolor.
Habéis de saber que el Viejo del Mar, aunque generalmente se parecía muchísimo al mascarón de proa de un barco azotado por las olas, tenía el poder de tomar cualquier forma que se le antojase. Cuando se sintió tan fuertemente cogido por Hércules, tuvo la esperanza de producirle sorpresa y terror tales, con sus transformaciones mágicas, que el héroe le dejara escapar. Si Hércules hubiera aflojado un poco, el Viejo habría ido a hundirse en el mismo fondo del mar, de donde no se hubiera molestado en salir para contestar preguntas impertinentes. Supongo yo que noventa y nueve personas de cada ciento se habrían asustado hasta perder la cabeza, con la primera de sus horribles figuras, y habrían echado a correr en seguidita. Porque una de las cosas más difíciles en este mundo es comprender la diferencia entre los peligros reales y los imaginarios.
Pero como Hércules le sujetaba tan tercamente y no hacía sino estrujarle más a cada cambio de forma, haciéndole, en realidad, no poco daño, acabó por pensar que lo mejor sería reaparecer en su propia figura. Y así de nuevo se mostró aquel personaje, algo pez escamoso, con membranas en pies y manos y con una especie de mechón de algas en la barba.
—Haz el favor de decirme qué quieres de mí—exclamó el Viejo en cuanto pudo tomar aliento, porque el cambiar tantas veces de figura era tarea muy fatigosa—. ¿Por qué me aprietas tan fuerte? Déjame al momento, o me harás pensar que eres una persona sumamente incivil.