Hércules movió la cabeza.
—Tengo que irme ahora mismo—dijo.
—Entonces te daremos las señas lo mejor que podamos—replicaron las jóvenes—. Tienes que ir a orilla del mar, encontrar al Viejo y obligarle a informarte de dónde se encuentran las manzanas de oro.
—¡El Viejo!—o repitió Hércules, riéndose de ese nombre—. ¿Y quién es el Viejo?
—¿Quién ha de ser? ¡El Viejo del Mar!—contestó una de las muchachas—. Tiene cincuenta hijas y hay quien dice que son muy hermosas; pero no nos ha parecido bien relacionarnos con ellas, porque tienen el pelo de color verde mar y su cuerpo remata en cola como el de los peces. Tienes que hablar con ese Viejo del Mar. Siempre está cruzando mares. Sabe cuanto se refiere al jardín de las Hespérides, porque está en una isla que él acostumbra a visitar.
Hércules preguntó entonces dónde se podría encontrar más fácilmente al Viejo, y cuando las jóvenes le hubieron informado, les dió las gracias por todas sus bondades—por el pan y las uvas que le dieron, las flores exquisitas con que le coronaron y los cánticos y danzas con que le habían honrado—, y sobre todo, por haberle indicado el camino, y se puso en marcha inmediatamente.
Pero antes de que se hubiera alejado mucho, le llamó una de las doncellas.
—¡Agarra bien fuerte al Viejo cuando le cojas!—le gritó, sonriendo y levantando un dedo para dar más fuerza a la recomendación—, y no te asombres de ninguna cosa que pueda ocurrir. Sujétale bien, y él te dirá lo que deseas saber.
Hércules dió las gracias de nuevo y siguió su camino, mientras volvían las jóvenes a su agradable tarea de trenzar guirnaldas de flores. Siguieron hablando del héroe mucho después de haberse alejado.
—Le hemos de coronar con nuestras más hermosas guirnaldas—dijeron—cuando vuelva por aquí con las tres manzanas de oro, después de haber matado al dragón de las cien cabezas.