Siguiendo su maravilloso relato, enteró a las doncellas de que la más extraña de cuantas aventuras se le presentaron fué su pelea con Gerión, el hombre de seis piernas. Bien podéis creer que sería una figura rarísima y temerosa. Quien mirara sus huellas en la arena o en la nieve, supondría que tres buenos compañeros habían pasado marchando juntitos. Al oir sus pisadas a corta distancia, nada más razonable que pensar que se acercaban varias personas. ¡Y era solamente el extraño Gerión, que venía pisando con sus seis pies!

¡Seis piernas y un cuerpo gigantesco! De fijo que sería un monstruo de aspecto sorprendente. Y, amiguitos, ¡qué gasto de piel para botas!

Cuando el forastero acabó la narración de sus aventuras, miró las atentas caras de las doncellas.

—Tal vez hayáis oído hablar de mí antes de ahora—dijo modestamente—. Me llamo Hércules.

—Ya lo habíamos sospechado—replicaron—, porque la noticia de tus hazañas maravillosas ha corrido por todo el mundo. Ahora no nos parece extraño que vayas en busca de las manzanas de oro de las Hespérides. Venid, hermanas, y coronemos de flores al héroe.

Entonces pusieron hermosas guirnaldas sobre su augusta cabeza y sus poderosos hombros, de manera que la piel de león quedó casi enteramente cubierta de rosas. Se apoderaron de la pesada maza y entretejieron a su alrededor los más brillantes, los más delicados, los más olorosos capullos, sin dejar al descubierto ni el ancho de un dedo, de su leñoso material; parecía toda ella un enorme ramo de flores.

Finalmente, se cogieron de las manos y danzaron a su alrededor, cantando palabras que, sin molestarse en procurarlo, resultaban poesía y formaban una composición coral en honor del ilustre Hércules.

Y Hércules se puso contento, como le hubiera ocurrido a cualquier otro héroe, al ver que aquellas hermosas jóvenes ya habían oído hablar de los valerosos hechos que tanto trabajo y tanto riesgo le habían costado llevar a cabo; pero no estaba aún satisfecho. No podía creer que lo realizado mereciera tanto honor, mientras quedase alguna aventura temeraria o difícil por emprender.

—Queridas doncellas—dijo cuando se detuvieron para tomar aliento—, ahora que ya sabéis mi nombre, ¿no me diréis cómo podré llegar al jardín de las Hespérides?

—¡Ah! ¿Te vas tan pronto?—exclamaron—. Tú, que has hecho tantas maravillas y que has llevado una vida tan trabajosa, ¿no puedes permitirte algún descanso a la orilla de este manso río?