que seguía mordiendo tan fieramente como antes, mucho después de haber sido cortada. Así es que me vi obligado a enterrarla bajo una gran piedra, donde, sin duda, hoy mismo estará viva todavía; pero el cuerpo de la hidra, con sus otras ocho cabezas, ya no volverá a hacer daño a nadie.

Las jóvenes, calculando que la relación iba a durar buen rato, habían dispuesto una merienda de pan y uvas para que el forastero pudiera refrescar en los intervalos de su charla. Se complacían en animarle a tomar tan frugal alimento, y de cuando en cuando una de ellas se ponía un dulce grano de uva entre los labios rojos, para que no se avergonzara de comer solo.

El viajero pasó a contar cómo había dado caza a un velocísimo ciervo, corriendo detrás de él durante un año entero, sin pararse ni a tomar aliento, y cómo le cogió al fin por los cuernos, llevándosele vivo a casa. Y cómo había peleado con una casta de gentes rarísima, mitad caballos y mitad hombres, y los había matado a todos, creyéndolo su deber, para que nunca volvieran a verse tan horribles figuras. Y además de todo esto, se dió mucho tono por haber limpiado un establo.

—¿Y a eso le llamas hazaña maravillosa?—preguntó, sonriendo, una de las doncellas—. Cualquier trabajador del campo lo haría.

—Si hubiera sido un establo ordinario—replicó el forastero—, no lo habría mencionado; pero fué una tarea tan gigantesca, que habría consumido mi vida toda en acabarla, a no ocurrírseme felizmente la idea de meter un río por la puerta, desviándole de su cauce. ¡Eso realizó el trabajo en muy poco tiempo!

Viendo con qué atención le escuchaban sus hermosas oyentes, les contó luego que había matado unas aves monstruosas y había cogido vivo a un toro bravo y le había soltado otra vez, y que había domado muchísimos caballos muy salvajes, y vencido a Hipólita, la belicosa reina de las Amazonas. Refirió también que había cogido el cinturón encantado que tenía Hipólita, y se le había regalado a la hija de su primo, el rey.

—¿Era el cinturón de Venus—preguntó la más bonita de las doncellas—, que hace a las mujeres hermosas?

—No—respondió el forastero—. Había sido en tiempos el tahalí de Marte, y a quien le lleva puesto le hace valiente y animoso.

—¡Un tahalí viejo!—exclamó la damisela, levantando la cabeza con desdén—. ¡No daría un comino por tenerle!

—Harías muy bien—dijo el forastero.