—¡Vuelve atrás—exclamaron todas—, vuelve a tu casa! Tu madre, al verte sano y salvo, llorará lágrimas de alegría. ¿Qué más podría hacer si lograras tan gran victoria? No hagas caso de las manzanas de oro. No hagas caso del rey, tu cruel primo. Nosotras no queremos que te coma el dragón de las cien cabezas.

El forastero pareció impacientarse con estas advertencias. Levantó negligentemente su poderosa maza, y la dejó caer sobre una roca que allí cerca había, medio enterrada en el suelo. Con la fuerza de aquel golpe indolente, la roca saltó hecha toda pedazos. El dar aquella señal de fortaleza gigantesca no costó al extranjero más esfuerzo que a una de las doncellas tocar con una flor la rosada mejilla de su hermana.

—¿No creéis—dijo mirándolas y sonriéndo—que un golpe como éste habría aplastado una de las cien cabezas del dragón?

Sentóse después sobre la hierba y les contó la historia de su vida, o por lo menos todo lo que de ella podía recordar desde el día en que tuvo por cuna el escudo de bronce de un guerrero. Estando echado en él, llegaron, arrastrándose por el suelo, dos enormes serpientes, y abrieron sus horribles mandíbulas para devorarlo; pero él, un bebé de meses nada más, agarró una de las fieras culebras en cada uno de sus puñitos y las estranguló.

Cuando era un chiquillo mató a un león enorme, casi tan grande como aquel cuya piel amplia y peluda llevaba entonces sobre los hombros. Lo primero que hizo después fué luchar con una especie de monstruo feísimo, al cual llamaban hidra, y que tenía nueve cabezas nada menos, y con dientes afiladísimos en todas ellas.

—Pero el dragón de las Hespérides, ya lo sabes—observó una de las doncellas—, ¡tiene cien cabezas!

—Sin embargo—replicó el forastero—-, mejor hubiera querido pelear con dos dragones así, que con una sola hidra; porque tan pronto como cortaba una cabeza, nacían otras dos en su lugar, y además, entre las cabezas había una a la que no era posible matar de ningún modo, sino