—Lindas doncellas—preguntó el forastero—, ¿podéis decirme si éste es el camino derecho para ir al jardín de las Hespérides?

Las jóvenes se estaban divirtiendo en hacer guirnaldas y en coronarse con ellas unas a otras. Parecía como si en sus dedos hubiese algún poder mágico, porque al tocarlas se volvían las rosas más frescas y se cuajaban de rocío, se avivaban sus colores y exhalaban más suave fragancia que cuando estaban en la planta; pero al oir la pregunta del forastero dejaron caer todas las flores en el césped, y se miraron unas a otras con asombro.

—¡El jardín de las Hespérides!—exclamó una—. Creíamos que, después de tanta decepción, se habrían cansado los mortales de buscarle. Y dime, intrépido viajero, ¿para qué deseas ir allí?

—Cierto rey, primo mío—replicó el viajero—, me ha mandado que le lleve tres de las manzanas de oro.

—Casi todos los jóvenes que van en busca de esas manzanas—advirtió otra de las damiselas—, desean adquirirlas para sí mismos o para regalarlas a alguna hermosa doncella de quien están enamorados. ¿Tanto quieres tú a ese rey, primo tuyo?

—Tal vez no—replicó el forastero, suspirando—. Ha sido severo y cruel conmigo muchas veces, pero es mi destino obedecerle.

—¿Y no sabes—preguntó la que había hablado primero—que un terrible dragón de cien cabezas está bajo el árbol de las manzanas de oro, guardándole?

—Bien sabido lo tengo—respondió el forastero—; pero desde la cuna ha sido mi ocupación y casi mi entretenimiento el habérmelas con serpientes y dragones.

Las jóvenes miraron su pesada maza y la peluda piel de león que llevaba, y también sus heroicos miembros y aspecto, y unas a otras se dijeron muy bajito que el forastero parecía ser persona de quien razonablemente cabía esperar que realizara hazañas muy fuera del alcance de los demás hombres.

Pero, ¡el dragón de las cien cabezas! ¿Qué mortal, aunque tuviera cien vidas, podría abrigar esperanza de escapar a los colmillos de semejante monstruo? Tan compasivas eran las doncellas, que no podían ver con tranquilidad que aquel valiente y hermoso viajero intentara cosa tan arriesgada y se condenara a ser, muy probablemente, pasto para las cien voraces bocas del dragón.