E inmediatamente el estudiante aprovechó el primer tema que se le presentó. Sugiriósele un plato de manzanas que alcanzó a ver sobre la chimenea.
LAS TRES MANZANAS DE ORO
No habéis oído nunca hablar de las manzanas de oro que se criaban en el jardín de las Hespérides? ¡Oh, aquéllas sí que eran manzanas! Si se encontraran iguales en los huertos de ahora, ¡ya valdrían dinero! Pero no hay en todo el mundo, supongo yo, ni un solo árbol injerto en aquel frutal maravilloso, ni queda ninguna pepita de aquellas manzanas.
Hasta en los tiempos antiguos, muy antiguos, ya casi olvidados, en que el jardín de las Hespérides no había sido invadido aún por la mala hierba, dudaba mucha gente de que pudiera haber árboles verdaderos, cuyas ramas tuvieran manzanas de oro macizo. Todos habían oído hablar de ellas, pero nadie recordaba haber visto ninguna. Sin embargo, los niños solían escuchar, boquiabiertos, los cuentos del árbol de las manzanas de oro, y se proponían descubrirle cuando llegasen a mayores. En busca de ese fruto iban los jóvenes valerosos que deseaban realizar hazañas más señaladas que sus compañeros. Muchos de ellos no volvieron jamás, y ninguno trajo las manzanas. ¡No es maravilla que les fuera imposible cogerlas! Decíase que, bajo el árbol, había un dragón de cien terribles cabezas, cincuenta de las cuales vigilaban siempre, mientras las otras cincuenta dormían.
Me parece a mí que apenas si valía la pena de correr tanto peligro por una manzana de oro macizo. Si hubieran sido manzanas dulces, jugosas, sazonadas, ya sería otra cosa. Podría haber tenido entonces algún sentido el tratar de cogerlas, a pesar del dragón de las cien cabezas.
Pero, como os he dicho, era cosa muy corriente entre los jóvenes, cuando se cansaban del exceso de paz y descanso, ir en busca del jardín de las Hespérides. Y una vez fué emprendida la aventura por un héroe que había disfrutado de bien poca paz y descanso desde que vino al mundo. En el tiempo de que os voy a hablar, vagaba por la apacible tierra de Italia con una pesada maza en la mano y un arco y una aljaba pendientes de los hombros. Iba envuelto en la piel del león más grande y más fiero de aquellos bosques, que él mismo había matado, y aunque en el fondo era bueno y generoso y noble, tenía en su corazón mucho de la fiereza del león. Mientras caminaba, iba constantemente preguntando cuál era el camino más derecho para llegar al famoso jardín; pero nadie sabía palabra de ello, y muchos se hubiesen reído de la pregunta, si el forastero no hubiera llevado una maza tan enorme.
Así fué andando, andando, preguntando siempre lo mismo, hasta que al fin llegó a la orilla de un río, en donde unas cuantas jóvenes hermosísimas estaban tejiendo guirnaldas de flores.