—Óyele, Margarita—dijo Primavera, hablando como si fuera una persona mayor—. Parece olvidar que yo ya tengo trece años, y puedo irme a la cama todo lo tarde que se me antoje. Primo Eustaquio, puedes abandonar tus aires solemnes y venir con nosotros al salón. Los niños han hablado tanto de tus cuentos, que mi padre desea oir uno de ellos, para saber si puede hacernos algún daño oirlos.

—¡Bah, bah, Primavera!—exclamó el estudiante, un poco molesto—. No me creo capaz de contar ninguno de mis cuentos en presencia de personas mayores. Además, tu padre es un erudito y un humanista: no es que me dé miedo su erudición, porque no dudo que estará tan enmohecida como un cuchillo viejo. Pero estoy seguro de que discutirá la admirable tontería que he puesto en estas maravillosas historias, sacada de mi propia cabeza, y que constituye su mayor encanto para chiquillos como vosotros. Ningún hombre de cincuenta años, que haya leído los mitos clásicos en su juventud, puede comprender mi mérito como reinventor y mejorador de todos ellos.

—Puede que todo eso sea verdad—dijo Primavera—, pero no tienes más remedio que venir. Mi padre no abrirá su libro, ni mamá el piano, hasta que nos hayas regalado con algunas de tus tonterías, como tú mismo las llamas muy acertadamente. De modo que sé bueno, y ven.

Por mucho que dijese, el estudiante se alegraba muchísimo de aprovechar la oportunidad de demostrar al señor Pringle qué excelente facultad poseía para modernizar los mitos de los tiempos antiguos. Hasta que cumple los veinte años, un joven debe sentir cierta timidez al enseñar su prosa y sus versos; pero a pesar de toda su timidez, tiene cierta tendencia a pensar que si sus producciones fuesen conocidas, le pondrían en la más alta cumbre de la literatura. Por lo cual, sin hacerse de rogar demasiado, Eustaquio consintió en que Primavera y Margarita le arrastrasen al salón.

Era una habitación amplia y cómoda, con una ventana semicircular en uno de los extremos, en cuyo hueco había una copia en mármol del Ángel y el Niño, de Greenough. A un lado de la chimenea había muchos estantes con libros severa y ricamente encuadernados. La luz blanca de la lámpara que colgaba del techo y el reflejo rojo del hogar, hacían la habitación brillante y alegre, y junto a la lumbre, en un gran sillón, estaba sentado el señor Pringle. Era un caballero alto y simpático, con una gran calva, y siempre estaba tan bien vestido, que Eustaquio Bright no se atrevía nunca a presentarse ante él sin detenerse un momento en la puerta para arreglarse el cuello de la camisa. Pero ahora, como Primavera le llevaba cogido de una mano y Margarita de la otra, se vio obligado a entrar con un aspecto bastante desaliñado, como si se hubiese pasado el día rodando por un montón de nieve, lo cual era verdad.

El señor Pringle se volvió hacia el estudiante con benevolencia, desde luego, pero de un modo que le hizo sentir lo despeinado y mal cepillado que estaba, y lo mal peinados y mal cepillados que estaban también sus pensamientos.

—Eustaquio—dijo el señor Pringle con una sonrisa—, me he enterado de que estás causando sensación grandísima entre el pequeño público de Tanglewood con el ejercicio de tus facultades de narrador. Primavera, como la llaman los pequeños, y los demás chiquillos, han elogiado de tal modo tus cuentos, que mi mujer y yo quisiéramos oir una muestra de ellos. Y a mí me agradará especialísimamente, porque parece que los cuentos son un intento de trasladar las fábulas de la antiguedad clásica al idioma del sentimiento y la fantasía modernos. Al menos, eso he sacado en consecuencia de unos cuantos incidentes que han llegado hasta mí de segunda mano.

—No es usted precisamente el oyente que yo hubiese elegido, señor—observó el estudiante—, para fantasías de esta naturaleza.

—Es posible que no—replicó el señor Pringle—. Sospecho, sin embargo, que el crítico más útil para un autor joven es precisamente aquel que menos hubiese querido elegir.

—Creo que la simpatía debe tener algo de parte en la opinión de un crítico—murmuró Eustaquio—. En fin, señor, si usted encuentra paciencia, yo encontraré historias que contar. Pero tenga usted la bondad de recordar que me dirijo a la imaginación y a la simpatía de los niños, no a la de usted.