LAS TRES MANZANAS DE ORO
AL AMOR DE LA LUMBRE
La nevada duró un día más; qué fué de ella después, no puedo figurármelo. Fuese donde fuera, durante la noche desapareció por completo, y cuando salió el sol a la mañana siguiente, brilló sobre las montañas cubiertas de bosque con la mayor alegría del mundo. La escarcha había cubierto de tal modo los vidrios de las ventanas, que era casi imposible lanzar una mirada al paisaje exterior. Pero, mientras esperaba el desayuno, la gente menuda de Tanglewood había hecho agujeros en la escarcha con las uñas, y había conseguido ver con gran deleite que excepto en dos o tres sitios demasiado pendientes de la montaña, o sobre los bosques cuyas ramas negras, mezcladas con la nieve, formaban una mancha gris, todo el resto del mundo que se alcanzaba a divisar estaba blanco como una sábana. ¡Qué precioso! Y para colmo de felicidad, hacía un frío capaz de helarle a uno las narices en un segundo. Si una persona tiene dentro del cuerpo vida bastante para soportarlo, no hay nada que le ponga de tan buen humor y le haga bailar y saltar la sangre más vivamente que un arroyo colina abajo, que una buena helada.
En cuanto desapareció el desayuno, toda la chiquillería, bien arropada en pieles y estambres, se desparramó sobre la nieve. ¡Vaya un día de diversión! Deslizáronse colina abajo, resbalando hasta el valle, unas cien veces, y, para divertirse más, haciendo volcar los trineos y dando volteretas y llegando al fondo cabeza abajo, la mayor parte de las veces. Y una vez, para mayor seguridad, Eustaquio Bright se subió en el mismo trineo con Margarita, Amapola y Flor de Limón, y echaron a correr cuesta abajo de prisa, de prisa, de prisa; pero a mitad de camino el trineo tropezó con un tronco escondido bajo la nieve, ¡y allí cayeron en un solo montón los cuatro pasajeros!, y al levantarse no encontraron al más pequeño, que era Flor de Limón. ¿Qué había sido del pobre muchacho? Y mientras se lo estaban preguntando y buscándole, Flor de Limón sacó la cabeza de entre un montón de nieve, con la cara colorada como si fuese una inmensa flor escarlata que hubiese brotado de repente en medio del invierno. ¡Había que oirles reir a todos!
Cuando se cansaron de resbalar colina abajo, Eustaquio ocupó a los niños en cavar para hacer una cueva en el montón de nieve más alto que encontraron. Por desdicha, cuando estuvo terminada y toda la chiquillería se metió en el hueco, se hundió el techo sobre sus cabezas, y les enterró vivos a todos. Un minuto después todos sacaban las cabecitas de entre las ruinas, y la del estudiante aparecía en medio y encima de todas, canosa y venerable con el polvo de nieve que se había enredado entre sus rizos obscuros. Y entonces, para castigar al primo Eustaquio por haberles aconsejado que cavasen caverna tan ruinosa, los niños le atacaron en grupo y le apedrearon con bolas de nieve, de tal modo que tuvo que echar a correr. Huyó, y llegó a los bosques, y desde allí a la margen del Arroyo Umbrío, donde pudo oir el rumor del arroyuelo que corría bajo grandes montones de nieve y hielo, que apenas le dejaban ver la luz del día. Había témpanos diamantinos, que rebrillaban en torno de sus pequeñas cascadas. De allí llegó corriendo a la orilla del lago, y se encontró con una llanura blanca e intacta, que iba desde sus pies al pie de la inmensa montaña. Y como ya casi se estaba poniendo el sol, Eustaquio pensó que nunca había visto espectáculo más hermoso. Se alegró de que los niños no estuviesen con él, porque su animación y su actividad desaforada hubieran disipado su estado de ánimo, elevado y grave; así es que sólo hubiese estado alegre (como, en efecto, lo había estado durante el día entero), pero no hubiese gozado la suavidad de la puesta de sol en invierno, entre las montañas.
Cuando el sol hubo descendido bastante, nuestro amigo Eustaquio volvió a casa a cenar. Después de la cena se encerró en el despacho, con el propósito, me figuro, de escribir una oda, o dos o tres sonetos, o versos de cualquier clase, en elogio de las nubes púrpura y oro que había visto en torno al sol poniente. Pero antes de que hubiese afirmado la primera rima, se abrió la puerta, y Primavera y Margarita aparecieron.
—¡Marchaos, chiquillas! ¡Ahora no puedo perder el tiempo con vosotros!—exclamó el estudiante, mirándolas por encima del hombro con la pluma en la mano—. ¿Qué mil diablos queréis? ¡Creí que estabais todos en la cama!