—Primo Eustaquio—dijo Amapola—, ¿contenía la caja todo el mal que ha sucedido en el mundo?
—¡Sin faltar una miga!—respondió Eustaquio—. Esta misma nevada, que ha echado a perder mi partida de patines, estaba allí encerrada.
—¿Y qué tamaño tenía la caja?—preguntó Romero.
—Unos tres pies de largo—dijo Eustaquio—, dos de ancho y dos y medio de alto.
—¡Ah!—dijo el niño—, ¡te estás burlando de mí, primo Eustaquio! No hay males en el mundo para llenar una caja tan grande. Y lo que es la nevada, no es mal, que es diversión; de modo que no estaba en la caja, de seguro.
—¡Miren ustedes el chiquillo!—exclamó Primavera con aire de superioridad—. ¡Qué poco sabe de los males del mundo! ¡Pobrecillo! ¡Ya hablará de otro modo cuando tenga tanta experiencia de la vida como yo!
Y diciendo esto, empezó a saltar a la comba.
Entretanto el día iba llegando a su fin. Fuera, el paisaje tenía aspecto tenebroso. Había a lo lejos, en el crepúsculo que se acercaba, como un rebaño de nubes grises que pasaban corriendo; en la tierra se habían borrado todos los caminos, y la nieve que se había amontonado sobre los escalones del Pórtico demostraba que nadie había entrado ni salido durante muchas horas. Si un niño solo hubiese estado en la ventana mirando el paisaje invernal, acaso se hubiese entristecido. Pero media docena de chiquillos juntos, aunque no puedan convertir el mundo en un Paraíso, pueden desafiar al invierno y a todas sus tormentas, que no serán capaces de entristecerlos. Eustaquio Bright, además, aguijoneado por las circunstancias, inventó varios juegos nuevos, que les conservaron llenos de alegría hasta la hora de irse a la cama, y sirvieron para pasar con felicidad la tormenta del día siguiente.