—Tus alas tienen muchos colores, como el arco iris—exclamó Pandora—. ¡Qué bonitas son!

—Sí, son como el arco iris—dijo la Esperanza—, porque aunque soy alegre por naturaleza, estoy hecha tanto de lágrimas como de sonrisas.

—¿Y te quedarás con nosotros?—preguntó Epimeteo—. ¿Siempre y para siempre?

—Siempre que me necesitéis, me tendréis—dijo la Esperanza con su placentera sonrisa—, y me necesitaréis mientras estéis en el mundo. Prometo no abandonaros nunca. Vendrán tiempos y ocasiones, de cuando en cuando, en que me he desvanecido por completo. Pero otra vez, y otra vez, y otra y otra, cuando menos lo penséis, veréis el resplandor de mis alas en el techo de vuestra cabaña. Sí, hijos míos, y sé que luego os van a dar una cosa muy buena y muy bonita.

—¡Oh, dinos qué es!—exclamaron los niños—, ¡dinos qué es!

—No me preguntéis—repuso la Esperanza, poniéndose un dedo en los labios de rosa—. Pero no desesperéis de alcanzarlo, aunque no os llegue mientras viváis en la tierra. ¡Creed en mi promesa, porque es verdad!

—¡Te creemos!—exclamaron a un tiempo Pandora y Epimeteo.

Y así lo hicieron. Y no sólo ellos, sino todo el que ha vivido, ha creído en la Esperanza. Y para deciros la verdad, no puedo menos de alegrarme (aunque desde luego fué cosa muy mal hecha), no puedo menos de alegrarme, digo, de que nuestra loca Pandora levantase la tapa de la caja. Sin duda... sin duda... los males siguen revoloteando por el mundo, y han aumentado en multitud, en vez de disminuir, y son una serie de duendes feísimos, y llevan en la cola los aguijones más envenenados. Yo he tropezado con ellos y me han picado, y espero que me picarán mucho más, según vaya siendo más viejo. Pero, ¿y la luciente y amable figura de la Esperanza? ¿Qué haríamos en el mundo sin ella? La Esperanza espiritualiza la tierra. La hace siempre nueva; y aunque miremos el mundo en su aspecto mejor y más brillante, la Esperanza nos dice que toda esa luz no es sino la sombra de una bienaventuranza infinita que hemos de encontrar después.

—Primavera—preguntó Eustaquio, tirándole de una oreja—, ¿te gusta mi pequeña Pandora? ¿No piensas que es tu vivo retrato? Pero tú no hubieras vacilado tanto antes de abrir la caja.

—Bien castigada hubiese estado por mi maldad—replicó la chiquilla agudamente—, porque lo primero que hubiese salido de ella al levantar la tapa, hubiese sido el señor Eustaquio Bright, en forma de Calamidad.