EL CÁNTARO MILAGROSO

Una tarde, hace mucho tiempo, el anciano Filemón y su mujer, Baucis, también anciana, estaban sentados a la puerta de su cabaña, disfrutando la tranquila y hermosa puesta de sol. Ya habían cenado frugalmente, y querían pasar una o dos horas tranquilas antes de acostarse. Hablaban de su huerto, de su vaca, de sus abejas y de su parra, que trepaba por la pared de la choza, y cuyos racimos empezaban ya a ponerse color púrpura. Pero del pueblo próximo llegaban hasta ellos gritos de chiquillos y ladridos de perros, que cada vez iban siendo más fuertes; tanto, que Filemón y Baucis apenas podían entenderse.

—Mujer—dijo Filemón—, temo que algún pobre viajero venga buscando hospitalidad, y que nuestros vecinos, en vez de darle alimento y posada, hayan soltado contra él los perros, como acostumbran.

—Sí—respondió Baucis—. Ya podían nuestros vecinos tener un poco más de bondad con sus semejantes, y no educar a sus hijos en tan malos sentimientos, animándoles a tirar piedras a los forasteros.

—Estos niños nunca harán nada bueno—dijo Filemón moviendo la cabeza ya blanca—. A decir verdad, esposa mía, no me sorprenderá que el día menos pensado suceda algo terrible a todas las gentes del pueblo, si es que no se enmiendan. Pero tú y yo, mientras la Providencia nos dé un pedazo de pan, estaremos dispuestos a repartirlo con cualquier pobre forastero que lo necesite.

—Es verdad—dijo Baucis—. Así lo haremos.

Estos dos viejos eran muy pobres y tenían que trabajar mucho para vivir. Filemón cultivaba cuidadosamente su huerto, mientras Baucis estaba siempre hilando en su rueca o haciendo un poco de manteca y de queso con la leche de su vaca, o arreglando la casa. Su alimento consistía casi siempre en pan, leche y verduras, y algunas veces un poco de miel de su colmena o un racimo de uvas de la parra. Pero eran dos personas de las mejores del mundo, y con alegría se hubiesen quedado alguna vez sin comer, con tal de no negar un pedazo de su pan moreno, una taza de leche recién ordeñada y una cucharada de miel, al caminante cansado que pasase por su puerta. Les parecía que tales huéspedes tenían una especie de santidad, y que, por lo tanto, estaban obligados a tratarles mejor que a sí mismos.

La cabaña estaba en una altura a alguna distancia del pueblo, que yacía en un hondo valle de una media milla de ancho. Aquel valle, en tiempos pasados, cuando el mundo era nuevo, probablemente había sido el lecho de un lago. Allí habían vivido peces, y en las orillas habían crecido juncos, y los árboles y las colinas habían visto reflejada su imagen en el ancho y pacífico espejo. Pero cuando las aguas disminuyeron, los hombres cultivaron el suelo y edificaron casas sobre él; de modo que a la sazón era un terreno fértil y no quedaban más huellas del antiguo lago que un arroyo que iba haciendo curvas por en medio del pueblo y surtía de agua a los habitantes... Tanto tiempo hacía que el valle era terreno seco, que habían nacido en él árboles, habían crecido robustos, se habían muerto de viejos y habían sido sustituídos por otros que ya eran tan altos y majestuosos como los primeros. Nunca ha habido valle más hermoso ni más fértil. Sólo la vista de la abundancia que les rodeaba hubiera debido hacer a sus habitantes buenos y compasivos, dispuestos a demostrar su gratitud a la Providencia, haciendo bien a sus semejantes.