Pero, triste es decirlo, los moradores de aquel hermoso valle no eran dignos de vivir en lugar sobre el cual había sonreído el cielo con tal benevolencia. Eran egoístas y duros de corazón, no tenían lástima de los pobres ni simpatía hacia los desvalidos. Si alguien les hubiese dicho que todo ser humano tiene una deuda de amor para con los demás hombres, porque ese es el único modo de pagar el amor que a todos nos tiene la Providencia, se hubiesen echado a reir. Trabajo os costará creer lo que voy a contaros. Aquellas gentes malvadas enseñaban a sus hijos a ser peores que ellos, y aplaudían para animarlos, viendo a los niños y a las niñas correr detrás de algún forastero pobre, dando gritos y tirándole piedras. Criaban perros grandes y feroces, y cuando un viajero se atrevía a pasar por las calles del pueblo, aquellos animales le seguían, ladrando y enseñando los dientes. Luego, si podían, le mordían una pierna o la ropa, y si andrajoso estaba el infeliz antes de entrar en el pueblo, cuando salía de él era una pura lástima. Cosa terrible para los pobres caminantes, como podréis suponer, especialmente cuando acertaban a estar enfermos
o débiles, o eran cojos o viejos. Estos infelices (si sabían ya de antes el modo de portarse que tenían aquellos niños y aquellos perros) eran capaces de rodear leguas enteras por no volver a pasar por el pueblo.
Y lo peor de todo era que cuando acertaba a pasar por allí algún viajero que llevase coche con buenos caballos, y sirvientes con ricas libreas acompañándole, no había gentes más amables y obsequiosas que los habitantes de aquel pueblo. Se quitaban todos el sombrero y hacían profundas reverencias. Y si los niños chillaban por costumbre, de seguro se ganaban un buen pellizco; y si un solo perro se atrevía a ladrar, su amo le daba una paliza y le ataba sin darle de cenar; todo lo cual hubiera estado muy bien, a no ser porque demostraba que los aldeanos se preocupaban mucho del dinero que los forasteros pudieran llevar en el bolsillo, y nada del alma humana, que lo mismo vive en el mendigo que en el príncipe.
Ahora podéis comprender por qué el anciano Filemón y su mujer, Baucis, hablaban con tanta tristeza al oir los gritos y ladridos que les llegaban desde el extremo de la calle del pueblo.
—Nunca he oído a los perros ladrar tan fuerte—observó el buen anciano.
—Ni a los chiquillos gritar tanto—respondió su mujer.
Se miraban cabeceando, y el ruido se acercaba cada vez más, hasta que al pie mismo de la altura sobre la cual estaba edificada su casita, vieron a dos caminantes que se acercaban. Los perros les seguían de cerca, ladrando. Un poco detrás venía corriendo multitud de chiquillos que chillaban y tiraban piedras a los dos forasteros. Una o dos veces, el más joven de los dos (era delgado y de aspecto muy vivo) se volvió y golpeó a los perros con un bastón que llevaba en la mano. Su compañero, que era muy alto, andaba despacio, como si no se dignase reparar en los chiquillos ni en los perros.