Los dos viajeros iban pobremente vestidos, y parecía que no tuviesen dinero bastante en el bolsillo para pagar el alojamiento de una noche. Por eso, sin duda, los del pueblo habían consentido a sus hijos y a sus perros que les tratasen tan mal.
—Vamos, mujer—dijo Filemón—, salgamos al encuentro de esas pobres gentes. Sin duda les falta valor para subir hasta aquí.
—Anda tú—dijo la mujer—, mientras yo voy dentro y veo si encuentro algo que darles de comer. Una buena taza de sopas de leche me parece que les sentaría admirablemente.
Diciendo esto, entró en la casa. Filemón, por su parte, se adelantó y alargó la mano con aire tan hospitalario, que no era menester decir lo que, sin embargo, dijo con el tono más amable que podáis figuraros.
—¡Bien venidos, señores forasteros, bien venidos!
—Gracias—respondió el más joven con tono jovial, a pesar de su cansancio y su molestia—. Éste es un recibimiento muy distinto del que hemos encontrado en el pueblo. ¿Cómo vives en tan mala vecindad?
—¡Ah!—observó Filemón con tranquila y bondadosa sonrisa—, creo que la Providencia me ha puesto aquí, entre otras razones, para que pueda desagraviaros por la falta de hospitalidad de mis vecinos.
—¡Bien dicho, viejo!—exclamó el viajero echándose a reir—. Y a decir verdad, desagravios necesitamos mi compañero y yo. Esos chiquillos, ¡grandísimos tunantes!, nos han puesto perdidos de barro, y uno de los perros me ha rasgado la capa, que ya estaba la pobre bastante andrajosa. Pero le he dado en el hocico con el bastón. Me figuro que le habréis oído aullar desde aquí.
Filemón se alegró al verle tan contento. En realidad, nadie hubiese dicho, por su risueño aspecto y sus modales, que venía cansado por todo un largo día de viaje, ni que estaba descorazonado por el mal trato que encontró para fin de jornada. Iba vestido de modo más bien extraño, y llevaba una especie de gorro, cuyas alas sobresalían a los lados. Aunque era tarde de verano, llevaba capa y se envolvía estrechamente en ella, acaso porque la ropa que llevaba debajo estaba demasiado rota. A Filemón le sorprendió también la forma extraña de sus zapatos; pero estaba anocheciendo, y como el anciano tenía ya la vista cansada, no pudo darse cuenta exacta de en qué consistía la rareza. Una cosa le intrigaba sobre todo: el viajero era tan extraordinariamente ligero y activo, que parecía como si los pies se le levantasen del suelo por sí mismos y tuviese que sujetarlos a la fuerza.
—En mi juventud tenía yo también los pies ligeros—dijo Filemón al caminante—, pero recuerdo que al llegar la noche solía tenerlos un poco cansados.