—No hay nada como un buen bastón para aligerar el camino—respondió el forastero—, y el mío es excelente, como puedes ver.
El bastón, en efecto, era el más extraño que Filemón había visto en su vida. Estaba hecho de madera de olivo y tenía en el puño como un par de alitas. Dos serpientes, talladas en la madera, se retorcían en derredor del palo, y estaban tan bien esculpidas, que al anciano Filemón (cuyos ojos, como ya he dicho, estaban un poco torpes) casi le parecieron vivas.
—Curioso trabajo, en verdad—dijo—. ¡Un bastón con alas! No haría mal caballito de palo para un niño.
Filemón y sus huéspedes habían ya llegado a la puerta de la casa.
—Amigos—dijo el viejo—, sentaos y descansad en este banco. Mi mujer, Baucis, ha ido a ver qué puede daros de comer. Somos pobres, pero vuestro es todo lo que haya en la alacena.
El más joven de los viajeros se tendió descuidadamente en el banco y dejó caer el bastón. Y sucedió una cosa maravillosa. El bastón pareció levantarse del suelo con movimiento propio, y extendiendo su par de diminutas alas fué medio volando, medio saltando, a apoyarse en la pared. Allí se estuvo quieto, pero las serpientes se retorcían. Esto vió Filemón; pero, a mi parecer, los ojos cansados le hacían ver visiones.
Antes de que pudiesen preguntar nada, el viajero de más edad distrajo su atención del bastón, diciéndole:
—¿No había aquí, en tiempos muy antiguos, un lago que cubría el lugar donde ahora está la aldea?
La voz del forastero era extraordinariamente grave.
—No en mis días, amigo—respondió Filemón—, y eso que, como ves, soy ya viejo. Siempre hubo, como ahora, los mismos campos y las mismas praderas, y los árboles viejos, y el arroyo que murmura en medio del valle. Ni mi padre ni el padre de mi padre vieron cosa distinta, y sin duda todo estará lo mismo cuando el viejo Filemón esté ya muerto y olvidado.