—Eso ya no se puede asegurar—observó el forastero, y en su voz había severidad extraordinaria. Movió la cabeza, sacudiendo con el movimiento su cabello negro y rizado—. Puesto que los habitantes de este valle han olvidado los afectos y simpatías de su naturaleza, más valdría que el lago cayese de nuevo sobre sus moradas.
El viajero parecía tan serio, que Filemón casi se asustó; tanto más, cuanto que al fruncir él el ceño, el crepúsculo pareció obscurecerse de pronto, y cuando movió la cabeza sonó un trueno en el aire.
Pero, un momento después, el rostro del viajero volvió a ser tan amable y bondadoso, que el anciano olvidó su terror casi por completo. Sin embargo, no pudo menos de pensar que aquel caminante no era un ser vulgar, aunque iba vestido tan modestamente y viajaba a pie. No es que Filemón le tomase por algún príncipe disfrazado o cosa por el estilo; más bien creyó que sería algún hombre muy sabio, que andaba por el mundo en tan pobre atavío despreciando la riqueza y los bienes terrenos, y buscando por todas partes algo que pudiese aumentar su sabiduría. Esta idea parecía más probable, porque cuando Filemón alzó los ojos hasta el rostro del viajero, le pareció ver más pensamiento en una sola mirada de las suyas, que todo el que hubiese podido dar una vida entera consagrada al estudio.
Mientras Baucis estaba preparando la comida, los viajeros empezaron a charlar con Filemón muy amablemente. El más joven era extraordinariamente locuaz, y hacía observaciones tan agudas e ingeniosas, que el buen hombre no podía menos de echarse a reir, y pensaba que nunca había tropezado con persona más divertida.
—Amigo—le preguntó, cuando ya fué tomando más confianza—, ¿cómo te llamas?
—Soy bastante vivo, como ves—respondió el viajero—; así es que puedes llamarme Azogue; creo que el nombre no me estará mal.
—¿Azogue?—repitió Filemón, mirando cara a cara al viajero, por ver si se estaba burlando de él—. Sí que es nombre raro. Y tu compañero, ¿también tiene uno por el estilo?
—Pregunta al trueno y te lo dirá—respondió Mercurio misteriosamente—. No hay voz bastante fuerte para pronunciarle.
Esta observación, fuese en serio o en broma, hubiese asustado un tanto a Filemón, si al mirar al forastero de más edad no hubiese reparado en la expresión extraordinariamente bondadosa de su rostro. Sin duda era la figura más grandiosa que había visto nunca.
Cuando hablaba, lo hacía con gravedad y de tal modo, que Filemón se sentía irresistiblemente impulsado a decirle todo lo que tenía en el corazón. Esto es lo que las gentes sienten siempre cuando se encuentran con una persona lo suficientemente sabia y prudente para comprender todo el bien y el mal, y no despreciar ni lo uno ni lo otro.