Pero Filemón, hombre sencillo y bondadoso, no tenía muchos secretos que descubrir. Habló, sí, gárrulamente, de los acontecimientos de su vida pasada, en cuyo transcurso nunca se alejara unas cuantas leguas de aquel lugar. Su mujer, Baucis, y él, habían vivido desde su juventud en aquella casita, ganando el pan con su trabajo honrado, siempre pobres, pero siempre contentos. Dijo cuán excelentes eran el queso y la manteca que hacía Baucis, y cuán sabrosas las verduras que cultivaba él en el huerto. También dijo que por lo mucho que se querían, su único deseo era que la muerte no les separase, y que anhelaban morir juntos, como habían vivido. Cuando oyó esto el forastero, una sonrisa iluminó su rostro, y su expresión se hizo tan suave como grandiosa.
—Eres un buen viejo—dijo a Filemón—y tienes una excelente mujer por compañera. Justo es que se logre vuestro deseo.
Y parecióle a Filemón, precisamente entonces, como si las nubes de la puesta del sol se encendiesen repentinamente hacia Poniente, iluminando en fugitiva llama todo el cielo.
Baucis había preparado ya la comida, y saliendo a la puerta comenzó a disculparse por la pobreza de los manjares que podía ofrecer a sus huéspedes.
—Si hubiéramos sabido que veníais—dijo—, mi marido y yo no hubiésemos probado bocado, para que pudieseis encontrar mejor cena. Pero he gastado casi toda la leche en hacer queso, y el último pan casi nos le hemos comido. ¡Ay de mí: nunca siento ser pobre, más que cuando un necesitado llama a mi puerta!
—Todo se arreglará; no te apures, mujer—repuso el forastero de más edad, bondadosamente—. Un recibimiento honrado y cordial hace maravillas y es capaz de convertir los manjares más humildes en néctar y ambrosía.
—Recibimiento cordial sí le tendréis—exclamó Baucis—, y además un poco de miel, que por casualidad me queda, y un racimo de uvas color de púrpura.
—Pero, ¡madre Baucis, eso es un festín!—exclamó Azogue, riéndose—. ¡Un festín completo! Y ya verás qué bien represento yo mi papel de invitado. ¡Creo que en mi vida he tenido más hambre!
—¡Los dioses nos ayuden!—dijo por lo bajo Baucis a su marido—. ¡Si este joven trae el hambre que dice, temo que va a quedarse a medio cenar!
Todos entraron en la cabaña.