Y ahora, oyentes míos, ¿queréis que os cuente algo que os hará abrir los ojos de par en par? Verdaderamente es una de las cosas más extrañas de toda esta historia. Recordaréis que el bastón de Mercurio se había apoyado en la pared de la casa. Bueno; pues cuando su dueño entró en ella, dejándole olvidado, ¿qué hizo el bastón? Abrir inmediatamente las alas y subir, dando saltos, los escalones de la puerta. Tap, tap, tap iba haciendo por el suelo de la cocina, y no se quedó quieto hasta que llegó a colocarse, con gran seriedad y decoro, junto a la silla de Azogue. El anciano Filemón y su mujer estaban tan atareados atendiendo a sus huéspedes, que no repararon en lo que estaba haciendo el bastón.

Como Baucis había dicho, la comida era escasa para dos caminantes hambrientos. En medio de la mesa había un trozo de pan negro con un pedacito de queso, y en un plato un panal con miel. Había un gran racimo de uvas para cada uno de los huéspedes. Y un cantarillo de barro, casi lleno de leche, estaba en un extremo de la mesa; pero cuando Baucis hubo llenado dos tazones y los hubo colocado delante de los forasteros, sólo quedaba un poco de leche en el fondo del cantarillo. ¡Ay, es triste cosa cuando un corazón generoso se encuentra apretado por la escasez! La pobre Baucis hubiera deseado pasar hambre toda una semana, con tal de que pudiera hacerse el milagro de dar a los hambrientos viajeros cena más abundante.

Y ya que la cena era tan escasa, no podía menos de desear que hubiesen tenido un poco menos de apetito. En cuanto se sentaron, los viajeros se bebieron del primer sorbo casi toda la leche de los tazones.

—Un poco más de leche, madre—dijo Azogue—. El día ha sido caluroso y estoy sediento.

—¡Ay de mí!—respondió Baucis, confusa—. ¡Me da tanta pena y tanta vergüenza! Pero la verdad es que apenas queda en el cántaro una sola gota. ¡Ay, marido, marido!, ¿por qué no nos habremos pasado sin cenar?

—Me parece—dijo Azogue, levantándose y cogiendo el cantarillo por el asa—, me parece que no andan las cosas tan mal como dices. De seguro hay más leche en el cántaro.

Diciendo esto, ¡cuál fué el asombro de Baucis, al ver que el viajero llenó no sólo su tazón, sino el de su compañero, con leche del cántaro que ella se figuraba estar casi vacío! La buena mujer apenas podía creer lo que estaba viendo. Seguramente había echado en los tazones casi toda la leche, y había visto la poca que en el fondo del cántaro quedaba, antes de volverle a dejar encima de la mesa.

—Como soy vieja—pensó Baucis—, ya no veo tan bien como antes. Me habré equivocado. De todos modos, ahora sí que no puede menos de estar vacío, después de haber llenado dos veces los tazones.

—¡Qué leche tan rica!—observó Azogue, después de sorberse el segundo tazón—. Perdón, excelente huéspeda, si te pido un poquito más.

Baucis había visto claro, como la luz, que Azogue, al servirse, había vuelto el cántaro completamente boca abajo, echando hasta la última gota de leche al llenar el segundo tazón. Por lo tanto, no era posible que quedase más. Y para hacérselo comprender así, levantó el cántaro e hizo el movimiento de echar leche en el tazón de Azogue, sin la más remota esperanza de que cayese nada. ¡Cuál fué, por lo tanto, su sorpresa, cuando cayó en la taza tan abundante cascada, que el tazón se llenó inmediatamente y la leche empezó a correr por la mesa! Las dos serpientes, que estaban enroscadas en el bastón de Azogue, alargaron la cabeza y empezaron a lamer la leche que se había vertido. Pero ni Filemón ni Baucis repararon en esta circunstancia.