¡Y qué deliciosa fragancia tenía! Parecía como si las vacas de Filemón hubiesen pastado aquel día la hierba más rica del mundo. ¡Cómo me alegraría si cada uno de vosotros pudiese tomar un tazón de leche como aquélla, a la hora de cenar!
—Y ahora, un poco de pan moreno, madre Baucis—dijo Azogue—, y un poco de miel.
Baucis cortó una rebanada, y aunque el pan, cuando ella y su marido le comieron, estaba ya duro y seco, ahora estaba tierno como si acabase de salir del horno. Probando una miga que se había caído en la mesa, le pareció el pan más delicioso que había comido en su vida, y apenas podía creer que ella misma lo hubiese amasado y cocido. Y sin embargo, ¿de qué otra hogaza podía ser?
¡Y la miel! Más vale que no intente describiros el color y el olor exquisito que tenía: su color era el del oro más puro y transparente, y olía a mil flores, pero flores como nunca han crecido en ningún jardín de la tierra; para buscarlas, las abejas debieron haber volado muy por encima de las nubes. Y lo maravilloso era que, después de revolotear sobre jardines de tan deliciosa fragancia e inmortal florecimiento, se hubiesen resignado a bajar otra vez a la humilde colmena del huerto de Filemón. Nunca miel de este mundo ha tenido el color, el sabor y el perfume de aquélla. El aroma flotaba en la cocina, y era tan delicioso que, cerrando los ojos, instantáneamente hubieseis olvidado el techo bajo y las paredes ahumadas, y hubieseis creído estar bajo una glorieta de madreselvas. Aunque la pobre Baucis era mujer sencilla, no pudo menos de pensar que allí estaba pasando algo extraordinario. Así es que, después de servir a sus huéspedes el pan y la miel, se sentó al lado de Filemón, y le dijo en voz baja lo que había visto.
—¿Has oído nunca cosa semejante?—le preguntó.
—No, nunca—respondió Filemón sonriendo—. Y creo más bien, vieja de mi alma, que has estado soñando despierta. Si hubiese yo servido la leche, hubiese visto lo que en realidad pasaba. Puede que hubiese en el cántaro un poco más de la que tú creías; eso es todo.
—¡Ay, marido!—dijo Baucis—, di lo que quieras; pero éstas son gentes muy extrañas.
—Bien, bien—respondió Filemón sin dejar de sonreir—, puede que lo sean. Ciertamente, parece que en otros tiempos han debido estar en mejor posición que ahora, y me alegro en el alma de ver que cenan con tanto gusto.
Cada uno de los huéspedes había cogido su racimo de uvas. Baucis, que se estaba restregando los ojos para ver más claro, se figuró que los racimos habían crecido, y que cada uno de los granos estaba a punto de estallar, maduros y jugosos. Y era completamente incomprensible para ella cómo tales uvas hubieran podido producirse nunca en la parra vieja que trepaba por las paredes de su casa.
—¡Admirables uvas!—observó Azogue, que las iba tragando una tras otra, sin que, al parecer, el racimo disminuyese—. ¿De dónde las coges, amable huésped?