—De mi parra—respondió Filemón—. Desde aquí se pueden ver las ramas retorciéndose detrás de la ventana; pero mi mujer y yo nunca creímos que fuesen muy buenas.
—Nunca las he comido mejores—respondió el huésped—. Otra tacita de esa leche deliciosa, y bien puedo decir que he cenado mejor que un príncipe.
Esta vez fué Filemón el que se levantó y cogió el cántaro, porque tenía curiosidad por saber si eran ciertas las maravillas que Baucis le había contado. Bien sabía que su buena mujer era incapaz de mentir, y que pocas veces se equivocaba en lo que suponía ser verdad. Pero era tan peregrino el caso, que quería verlo con sus propios ojos. Al coger el cántaro, miró hacia dentro y se convenció de que apenas contenía unas cuantas gotas. De pronto, sin embargo, del fondo brotó como una fuentecita blanca, que lo llenó hasta la boca de leche espumosa y fragante. Suerte fué, y grande, que Filemón, en su sorpresa, no dejase caer el cántaro milagroso.
—¿Quiénes sois, maravillosos viajeros?—exclamó mucho más asombrado que lo había estado su mujer.
—Tus huéspedes, buen Filemón, y tus amigos—repuso el viajero de más edad, con su voz grave y profunda, que al mismo tiempo parecía suave y melodiosa—. Dame a mí también otra taza de leche, y así tu cántaro no se vacíe nunca para la buena Baucis, para ti y para los caminantes necesitados.
Habiendo terminado la comida, los forasteros pidieron que les indicaran sitio donde poder descansar. Los viejecillos hubiesen querido estar un rato más hablando con ellos, para expresar la admiración que sentían y su alegría al ver que la cena, pobre y escasa, había resultado mucho mejor y más abundante de lo que creían. Pero el forastero de más edad les había inspirado tal respeto, que no se atrevieron a preguntarle nada, y cuando Filemón llevó a Azogue a un lado y le preguntó cómo era posible que hubiese brotado una fuente de leche dentro de un cántaro, el viajero señaló su bastón.
—Ahí está todo el misterio—dijo Azogue—. Y si le puedes descifrar tú, me alegraré muchísimo de que me comuniques lo que descubras. No puedo contarte todo lo que hace ese bastón; siempre me está dando bromas de éstas. Unas veces me trae la cena, otras me la roba. Si creyese yo en semejantes tonterías, diría que está embrujado.
No dijo más; pero les miró de un modo tan extraño, que los viejos pensaron que estaba burlándose de ellos. El bastón mágico fué tras de su amo dando saltos, cuando Azogue salió de la habitación. Cuando se quedaron solos los dos viejos, hablaron un rato de los acontecimientos de la noche, y luego se echaron a dormir en el suelo, porque habían dado su cama a los huéspedes y no tenían otra más que aquellas tablas, que ojalá hubieran sido tan blandas como sus corazones.
El anciano y su mujer se levantaron temprano por la mañana, y los viajeros también se levantaron con el sol y se prepararon a seguir su camino.
Filemón, hospitalariamente, les pidió que se quedaran un poco más, hasta que Baucis ordeñase la vaca y cociese un panecillo en el horno, y acaso hasta les encontrase algunos huevos para el desayuno. Pero los viajeros querían andar buena parte del camino antes de que apretase demasiado el sol. Por lo tanto, insistieron en marcharse inmediatamente, pero pidieron a Filemón y a Baucis que les acompañasen un rato, para enseñarles el camino que debían tomar.