Así salieron los cuatro juntos de la casa, charlando como amigos antiguos. Era, en verdad, notable lo de prisa que los dos ancianos tomaron confianza con el viajero de más edad, y cómo sus almas honradas y sencillas se perdían en la suya como dos gotas de agua se perderían en el Océano sin límites. Y Azogue, con su ingenio agudo y regocijado, parecía descubrir hasta el más pequeño pensamiento que apuntaba en sus mentes, antes de que ellos mismos le hubiesen sospechado. A veces deseaban, es verdad, que no fuese tan listo, y casi casi que tirase a cien leguas su bastón, que tenía un aire tan endemoniadamente malicioso con las serpientes, que no dejaban de retorcerse. Pero, pensándolo bien, Azogue mostraba tan buen humor, que al fin y al cabo se hubiesen alegrado de tenerle en casa a él, a su bastón y a sus serpientes, mientras les durase la vida.

—¡Ay de mí!—exclamó Filemón cuando ya se hubieron alejado un poco de la puerta—. Si nuestros vecinos supiesen lo bueno que es dar hospitalidad a los forasteros, atarían sus perros y no volverían a consentir a sus hijos que tirasen una sola piedra.

—Es un pecado y una vergüenza para ellos el portarse así—exclamó con vehemencia Baucis—, y hoy mismo he de bajar al pueblo y he de decir cuatro verdades a esos desalmados.

—Temo—observó Azogue, sonriendo maliciosamente—que no vas a encontrar en casa a ninguno de ellos.

El entrecejo de su compañero adquirió precisamente entonces tan grave, austera y terrible grandiosidad, sin perder su serenidad por ello, que ni Filemón ni Baucis se atrevieron a pronunciar palabra. Le miraron a la cara con reverencia, como si hubiesen mirado al cielo.

—Cuando los hombres no quieren portarse con el más humilde de los extraños como si fuese hermano suyo—dijo el viajero en tono tan profundo que su voz sonaba como la música de un órgano—, no son dignos de existir sobre la Tierra, que fué creada para morada de la gran hermandad humana.

—Y ahora que hablamos de eso, viejos de mi alma—dijo Azogue con la mirada más regocijada del mundo—, ¿dónde está el pueblo de que vamos hablando? ¿A la derecha o a la izquierda? Me parece que no le veo por ninguna parte.

Filemón y su mujer se volvieron hacia el valle, donde, al ponerse el sol el día antes, habían visto las praderas, las casas, los huertos, los macizos de árboles, la calle ancha, los niños jugando y todas las señales de trabajo, regocijo y prosperidad. Pero, ¡cuál fué su asombro! ¡No había allí ni asomo de aldea! Hasta el fértil valle, en cuyo hueco yacía, había dejado de existir. En su lugar se veía la superficie amplia y azul de un lago que llenaba la inmensa cuenca del valle de orilla a orilla, y reflejaba las colinas circundantes con imagen tan tranquila como si hubiese estado allí desde el principio del mundo. Un instante, el lago permaneció completamente quieto. Luego una brisa pasó sobre él e hizo bailar el agua y centellear y brillar a los tempranos rayos del sol, y chocar con agradable murmullo contra la orilla.

El lago parecía tan familiar en aquel sitio, que los dos viejos se quedaron asombrados, como si pensaran que habían estado soñando con un pueblo que nunca hubiera existido. Pero en seguida recordaron las casas desaparecidas, y las caras y los caracteres de los habitantes, y comprendieron que no soñaban. ¡El pueblo había estado allí ayer, pero ya no estaba!

—¡Ay!—exclamaron los dos ancianos bondadosos—. ¿Qué ha sido de nuestros pobres vecinos?