—Ya no existen como hombres y mujeres—dijo el viajero de más edad con su voz profunda, y un trueno pareció hacerle eco en la lejanía—. No había en sus vidas ni utilidad ni belleza, porque nunca suavizaron ni dulcificaron el duro destino de la Humanidad con el ejercicio de afectos bondadosos entre hombres y hombres. No conservaron en su pecho la imagen de una vida mejor, y por eso el lago que estaba aquí hace siglos, se ha tendido de nuevo para reflejar el cielo.
—Y en cuanto a aquellas gentes necias—dijo Azogue con su maliciosa sonrisa—, todas se han convertido en peces. Poco han tenido que cambiar, porque ya eran un puñado de pillos con escamas en el corazón y sangre completamente fría. De modo, madre Baucis, que si tú o tu marido tenéis capricho de comer una trucha a la parrilla, podéis echar un anzuelo y pescar media docena de vuestros antiguos vecinos.
—¡Ah!—exclamó Baucis estremeciéndose—. ¡Por todo el oro del mundo no pondría una sola en la sartén!
—No—añadió Filemón haciendo un gesto de desagrado—; ¡no las podríamos atravesar!
—En cuanto a ti, buen Filemón—continuó el viajero de más edad—, y tú, amable Baucis, con vuestros escasos medios habéis puesto tanta cordialidad para recibir a unos pobres caminantes, que la leche se ha convertido en inextinguible fuente de néctar, y el pan y la miel en ambrosía. Así las divinidades han tenido en vuestra casa los mismos manjares que forman sus banquetes en el Olimpo. Habéis hecho bien, queridos amigos. Por lo tanto, pedid lo que más deseéis conseguir, y está concedido.
Filemón y Baucis se miraron, y luego no sé cuál de los dos habló; pero lo que uno dijo era el deseo de sus dos corazones.
—Queremos vivir juntos hasta nuestro último día, y salir de este mundo en el mismo instante, cuando muramos. ¡Porque siempre nos hemos amado!
—¡Así sea!—repuso el viajero con majestuosa bondad—. Y ahora, mirad vuestra casa.
Así lo hicieron; pero, ¡cuál fué su sorpresa al encontrarse con un gran edificio de mármol blanco, con grandioso pórtico, que ocupaba el sitio donde hasta hace un momento estaba su humilde morada!
—Esa es vuestra casa—dijo el viajero sonriendo benévolamente—. Ejercitad la hospitalidad en este palacio tan cordialmente como en la pobre choza donde ayer tarde nos recibisteis.