Los ancianos se arrodillaron para darle las gracias; pero ya ni él ni Azogue estaban allí.

Así, Filemón y Baucis se instalaron en el palacio de mármol, y pasaron días y días con gran satisfacción en recibir y agasajar a cuantos viajeros pasaban por aquel camino. No debo olvidar deciros que el cántaro conservó su virtud maravillosa de no estar nunca vacío cuando hacía falta que estuviese lleno. Siempre que un huésped honrado, de buen genio y de buen corazón, bebía un trago de aquel cántaro, comprendía que era el líquido más agradable y nutritivo que hubiese bebido nunca. Pero si un pillo de mal carácter, terco o malintencionado, acertaba a beber de él, seguro estaba de hacer una mueca de desagrado, diciendo que la leche estaba agria.

Así el matrimonio, ya tan viejo, vivió en su palacio y envejeció más y más. Por fin llegó una mañana de verano, en que Filemón y Baucis no aparecieron sonrientes, como de costumbre, para llamar a sus huéspedes de la noche anterior al desayuno. Los huéspedes los buscaron por todas partes de arriba abajo, en el espacioso palacio, pero inútilmente.

Por fin, después de mucha perplejidad, vieron frente al pórtico dos venerables árboles, que nadie pudo recordar haber visto allí el día antes. Allí estaban, con las raíces fuertemente hundidas en tierra, y anchas copas, cuyo follaje daba sombra a toda la fachada del edificio: uno era un tilo, otro un roble. Sus ramas—y era extraño y hermoso el verlo—estaban mezcladas, y se enlazaban unas con otras; así es que cada uno de los árboles parecía vivir en el seno de su compañero mucho más que en el suyo propio.

Mientras los huéspedes se maravillaban viendo cómo aquellos árboles, que hubiesen necesitado casi un siglo para crecer así, podían haberse hecho tan altos y venerables en una sola noche, se levantó un poco de viento y movió las ramas entrelazadas. Y entonces hubo en el aire un profundo murmullo, como si los dos misteriosos árboles estuviesen hablando.

—Yo soy el viejo Filemón—murmuró el roble.

—Y yo Baucis—murmuró el tilo.

Y como el viento se hizo más fuerte, los dos árboles hablaron a un tiempo—¡Filemón! ¡Baucis! ¡Baucis! ¡Filemón!—, como si ambos fuesen uno solo y hablasen juntos desde lo más hondo de su corazón. Fácil era de comprender que la anciana pareja había renovado su vida e iba a pasar lo menos cien años tranquilos y deleitosos: Filemón convertido en roble y Baucis en tilo. ¡Oh, qué hospitalaria la sombra que daban! Siempre que un caminante se detenía