—¡Oh!—respondió el desconocido—. Cuéntame en qué consiste, y puede te sirva yo de algo. He ayudado a muchos jóvenes en aventuras que al principio parecían bastante difíciles. Acaso hayas oído hablar de mí. Tengo varios nombres; pero el de Azogue me cae tan bien como otro cualquiera. Dime en qué consiste la dificultad, y hablaremos del asunto y veremos lo que se puede hacer.
Las palabras del desconocido animaron por completo a Perseo. Resolvió contarle a Azogue todas sus dificultades, ya que las cosas no podían ponerse peor que estaban, y acaso su nuevo amigo pudiera darle algún consejo que le sirviese de algo. Así es que en pocas palabras le explicó el caso: cómo el rey Polidectes necesitaba la cabeza de Medusa, con la cabellera de serpientes, para dársela como regalo de boda a la hermosa princesa Hipodamia, y cómo se había comprometido a ir a buscarla, pero temía verse convertido en piedra.
—Y sería lástima—dijo Azogue con su maliciosa sonrisa—. Es verdad que serías una estatua de mármol de muy buen ver, y que pasarían unos cuantos siglos antes de que el tiempo pudiera desmoronarte del todo; pero más vale ser joven unos pocos años, que estatua de piedra muchos.
—¡Oh, mucho más!—exclamó Perseo con los ojos húmedos otra vez—. Y además, ¿qué sería de mi madre, si su hijo tan querido se convirtiese en piedra?
—Esperemos que el asunto no tenga tan mal fin—repuso Azogue en tono animoso—. Precisamente soy la persona que acaso pueda ayudarte más eficazmente. Mi hermana y yo haremos todo lo posible por que salgas con bien de esta aventura, que ahora te parece tan desagradable.
—¿Tu hermana?—repitió Perseo.
—Sí, mi hermana—respondió el desconocido—. Es muy sabia, te lo aseguro; y en cuanto a mí, también suelo tener todo el talento que me hace falta. Si tú eres valeroso y prudente, y haces caso de nuestros consejos, no tienes que temer, por ahora, convertirte en estatua de piedra. Lo primero que has de hacer es pulir el escudo, hasta que puedas verte en él como en un espejo.
Esto le pareció a Perseo un principio de aventura más bien extravagante, porque pensó que más importaría que el escudo fuera lo bastante fuerte para defenderle de las garras de bronce de la Gorgona, que el que estuviese bastante reluciente para poderse ver la cara en él. Pero pensando que Azogue sabía más que él, inmediatamente puso manos a la obra, y frotó el escudo con tal diligencia y buen deseo, que pronto brilló como la luna en el mes de Diciembre. Azogue le miró y sonrió, aprobando. Entonces, quitándose la espada corta y retorcida, se la colgó a Perseo del cinto, en vez de la que llevaba.
—No hay espada en el mundo que pueda servir mejor al propósito que llevas—observó—. La hoja tiene temple excelente, y corta el hierro y el acero como un tallo tierno. Y ahora, en marcha: lo primero que tenemos que hacer es ir en busca de las Tres Mujeres Grises, que nos dirán dónde podemos encontrar a las Ninfas.
—¡Las Tres Mujeres Grises!—exclamó Perseo, a quien esto parecía únicamente una dificultad más en la aventura—. ¿Quiénes son esas Tres Mujeres Grises? Nunca he oído hablar de ellas.