—Son tres viejecitas muy raras—dijo Azogue, riendo—. No tienen más que un ojo para las tres, y un diente. Tendrás que encontrarlas a la luz de las estrellas o en las sombras de la noche, porque nunca se dejan ver cuando brillan el sol o la luna.

—Pero—dijo Perseo—, ¿a qué gastar el tiempo con esas Tres Mujeres Grises? ¿No sería mejor ir desde luego en busca de las terribles Gorgonas?

—No, no—respondió su amigo—. Hay bastantes cosas que hacer antes de encontrar el camino que te ha de llevar a las Gorgonas. No hay más remedio que ir a caza de esas tres señoras. Y cuando las hayamos encontrado, puedes estar seguro de que las Gorgonas no andarán muy lejos. De modo que vamos ligerito.

Perseo tenía ya tanta confianza en la sagacidad de su acompañante, que no hizo más objeciones, y aseguró que estaba pronto para emprender inmediatamente la aventura. Empezaron a andar, y a buen paso. Tan ligero, que a Perseo le costaba trabajo seguir a su amigo Azogue. A decir verdad, se le ocurrió la peregrina idea de que Azogue llevaba un par de zapatos con alas, lo cual, naturalmente, le ayudaba a las mil maravillas. Y, además, al mirarle de reojo, porque no se atrevía a volver del todo la cabeza, le pareció que también tenía alas a los lados de la cabeza, aunque si le miraba de frente no se veían las alas, sino un gorro muy raro. Lo que sí era seguro es que el bastón trenzado le servía a Azogue de grandísima ayuda para caminar, y le hacía andar tan de prisa, que aunque Perseo era muchacho fuerte, ya empezaba a perder el aliento.

—¡Vamos!—exclamó al fin Azogue, que de sobra sabía, vivo como era, el trabajo que a Perseo le costaba seguirle a su paso—; toma este bastoncito, que me parece que lo necesitas bastante más que yo. ¿No hay en la isla de Serifo mejores andarines que tú?

—Mejor podría andar—dijo Perseo, mirando atrevidamente los pies de su compañero—, si tuviese un par de zapatos con alas.

—Buscaremos un par para ti—respondió Azogue.

Pero el bastón ayudaba de tal modo a Perseo, que no volvió a sentir el menor cansancio. Parecía estar vivo en su mano y comunicar algo de su vida a Perseo. Él y Azogue caminaban ahora al mismo paso, con la mayor facilidad, hablando amistosamente, y Azogue contaba historias tan divertidas sobre sus aventuras anteriores, y lo bien que su ingenio le había servido en muchas ocasiones, que Perseo empezó a considerarle como persona maravillosa. Evidentemente conocía el mundo, y nada es tan encantador para un joven como un amigo que posea esta clase de conocimiento. Perseo escuchaba con ansia, esperando aumentar su propio ingenio con todo lo que oía.

Por fin recordó que Azogue había hablado de una hermana suya, que había de prestar ayuda en la aventura que tenían emprendida.

—¿Dónde está?—preguntó—. ¿La encontraremos pronto?