—En cuanto la necesitemos—dijo su compañero—. Pero debo advertirte que esta hermana mía tiene un genio completamente distinto del mío. Es muy seria y muy prudente; no sonríe casi nunca; no se ríe jamás, y tiene por regla no pronunciar ni una sola palabra cuando no tiene algo muy profundo que decir. Ni tampoco escucha conversación alguna que no sea absolutamente razonable.
—¡Pobre de mí!—exclamó Perseo—. No me atreveré a pronunciar ni una sílaba delante de ella.
—Es una persona instruidísima, te lo aseguro—continuó Azogue—, y tiene al dedillo todas las artes y las ciencias. En una palabra: es tan asombrosamente sabia, que muchas gentes la llaman la sabiduría personificada. Pero, para decirte la verdad, para mi gusto le falta viveza, y dudo que a ti te pareciese tan agradable como yo para compañera de viaje. Tiene cosas buenas, desde luego, y ya verás de cuánto te sirve para tu encuentro con las Gorgonas.
Ya había anochecido casi por completo. Llegaron entonces a un sitio completamente desierto, silvestre, cubierto de malezas y zarzas, y tan solitario y silencioso, que parecía como si nunca nadie hubiese vivido en él ni hubiese pasado por allí. Todo estaba vacío y desolado en el crepúsculo gris, que a cada instante se hacía más obscuro. Perseo miró en derredor, más bien con desconsuelo, y preguntó si tenían que ir mucho más lejos.
—Chiss, chiss...—susurró su compañero—. No hagas ruido. Precisamente éstos son el tiempo y el lugar propicios para encontrar a las Tres Mujeres Grises. Ten cuidado de que no te vean antes de que tú las hayas visto, porque aunque no tienen más que un ojo para las tres, es tan perspicaz como media docena de ojos vulgares.
—Pero, ¿qué tengo que hacer—preguntó Perseo—cuando las encontremos?
Azogue explicó a Perseo cómo se las arreglaban las Tres Mujeres Grises con su único ojo. Parece que tenían la costumbre de usarle por turno, como si hubiese sido un par de lentes o—cosa que les hubiese convenido mejor—un monóculo. Cuando una de las tres le había disfrutado durante algún tiempo, se le sacaba de la órbita y se le daba a otra de las hermanas, la cual inmediatamente se le ajustaba en la frente y gozaba un ratito de la vista del mundo. Fácil es de comprender por esto que sólo una de las mujeres veía, mientras las otras dos permanecían en la obscuridad, y además, en el instante en que el ojo estaba pasando de mano en mano, ninguna de las pobres señoras veía gota. He oído contar muchas cosas extrañas en mi vida y he visto bastantes; pero ninguna, a mi parecer, puede compararse con la rareza de estas Tres Mujeres Grises, todas mirando con un ojo solo.
Esto mismo pensó Perseo, y estaba tan lleno de asombro, que llegó a figurarse que su compañero se estaba burlando de él y que no existían en el mundo semejantes mujeres.
—Pronto te convencerás de si es verdad o no—observó Azogue—. Chiss, chiss, chiss... ¡Ya vienen!
Perseo miró ansiosamente a través de la obscuridad de la noche, y con seguridad, a poca distancia, vió a las Tres Mujeres Grises. Como la luz era tan escasa, no pudo darse cuenta exacta de qué caras tenían; sólo descubrió que sus cabellos eran largos y grises; y cuando se acercaron, vió cómo dos de ellas no tenían sino una órbita vacía en medio de la frente. Pero en medio de la frente de su hermana había un ojo brillante, que centelleaba como un diamante en una sortija, y tan penetrante parecía ser, que Perseo no pudo menos de pensar que poseía el don de ver en la media noche más obscura lo mismo que a mediodía. La vista de tres pares de ojos de persona estaba concentrada en aquel ojo único.