Blancas y algodosas nubes colgaban en el aire, y lanzaban obscuras y movedizas sombras aquí y allá sobre el paisaje. Pero a cada instante la luz del sol brillaba precisamente donde acababa de estar la sombra, y la sombra se había marchado a otra parte.
Al Oeste había otra serie de montañas azules.
—En aquella colina—dijo Eustaquio a los niños—había un lugar, donde unos cuantos holandeses viejos estaban jugando eternamente a los bolos, y donde un individuo holgazanísimo, llamado Rip Van Winkle, se había quedado dormido y se había estado durmiendo veinte años de un tirón.
Los niños pidieron con afán a Eustaquio que les contase todo lo que supiera de casos tan maravillosos.
Pero el estudiante replicó que ese cuento ya estaba contado hace mucho tiempo, y mucho mejor de lo que pudiera contarlo él, y que nadie en el mundo tenía derecho a cambiar una sola palabra en él, hasta que se hubiese puesto tan viejo como «La cabeza de la Gorgona», «Las tres manzanas de oro» y el resto de esas milagrosas leyendas.
—Pero, al menos, mientras estamos descansando aquí—dijo Margarita, y mirando en derredor—, bien puedes contarnos una de las historias que tú inventas.
—Sí, primo Eustaquio—exclamó Primavera—: te aconsejo que nos cuentes aquí un cuento. Elige un asunto muy elevado, y a ver si tu imaginación se pone a la altura necesaria. Acaso el aire de la montaña te ponga poético siquiera una vez. Y no importa que la historia sea extraña y maravillosa. Ahora que estamos entre las nubes, estamos dispuestos a creerlo todo.
—¿Serás capaz de creer—preguntó Eustaquio—que hubo una vez un caballo con alas?
—Sí—dijo la maliciosa Primavera—; pero temo que tú no vas a conseguir cogerlo nunca.
—Lo que es eso, Primavera—dijo el estudiante—, no me parece muy difícil. Creo que puedo apresar a Pegaso y cabalgar sobre su lomo, por lo menos tan bien como una docena de individuos a quienes conozco. Por lo menos, os contaré un cuento que se refiere a él, y el lugar más a propósito del mundo para contarle es, sin duda, la cumbre de un monte.