Y así, sentándose en el montón de piedras, mientras los niños se agrupaban a su alrededor, Eustaquio fijó la vista en una blanca nube que iba flotando, y empezó como sigue.

LA QUIMERA

Una vez, en tiempos antiguos, muy antiguos (porque todas las cosas extrañas que os cuento sucedieron mucho antes de lo que nadie pueda recordar), había en la maravillosa tierra de Grecia una fuente que manaba en la falda de una montaña. Y según me figuro, debe estar manando aún, al cabo de tantos miles de años, en el mismísimo sitio. Sea como sea, el caso es que allí estaba la apacible fuente, derramando frescura por la montaña abajo y chispeando a la dorada luz de la puesta del sol, cuando llegó junto a ella un hermoso joven, llamado Belerofonte. Llevaba en la mano una brida incrustada de piedras preciosas y con bocado de oro. Viendo junto a la fuente un anciano, un hombre de mediana edad y un niño, y también una jovencita que estaba llenando un cántaro, se detuvo y preguntó si podía refrescarse tomando un trago.

—Es un agua riquísima—dijo a la joven, mientras enjuagaba y llenaba su cántaro, después de haber bebido en él—. ¿Serías tan amable que me dijeras si tiene algún nombre esta fuente?

—Sí: la llaman la Fuente de Pirene—respondió la doncella, y añadió luego:—Mi abuela me ha contado que esta clara fuente era antes una mujer hermosísima; mas cuando su hijo fué muerto por las flechas de Diana cazadora, se deshizo toda en lágrimas. De manera que el agua que has encontrado tan fresca y tan rica, es el dolor del corazón de aquella pobre madre.

—¡Nunca hubiera soñado—dijo el joven forastero—que tan clara fuente, con su alegre fluir y borbotear de la sombra a la luz, tuviera lágrimas en su seno! ¿Y ésta es Pirene? Gracias, linda doncella, por haberme dicho su nombre. Precisamente vengo de muy lejanas tierras buscando este sitio.

Un campesino de mediana edad (que había llevado una vaca a beber de la fuente) miró fijamente al joven Belerofonte y a la magnífica brida que llevaba en la mano.