—Por fuerza que las fuentes andan muy escasas por tu país—observó—, si vienes de tan lejos en busca de la Fuente de Pirene; pero, dime, ¿has perdido tu caballo? Veo que llevas la brida en la mano, y bien bonita es con esa doble hilera de piedras relucientes. Si el caballo era tan hermoso como la brida, es para compadecerte por haberte quedado sin él.
—No he perdido ningún caballo—dijo Belerofonte, sonriendo—, pero voy buscando uno muy famoso, que según me han informado los sabios, sólo por aquí se puede encontrar. ¿Sabéis si Pegaso, el caballo con alas, sigue frecuentando la Fuente de Pirene, como solía en tiempos de vuestros antepasados?
El campesino se echó a reir.
—Algunos de vosotros, amiguitos míos, habréis oído, probablemente, que este Pegaso era un caballo blanco como la nieve, con hermosas alas plateadas, que pasaba la mayor parte del tiempo en la cúspide del monte Helicón. Jamás águila alguna atravesó las nubes tan veloz, tan impetuosa en su vuelo, como él por los aires. No había nada igual en el mundo. No tenía compañero; nunca había sido montado ni guiado por un amo, y en muchos y dilatados años vivió solo y feliz.
¡Oh, qué hermoso es ser caballo con alas! Durmiendo de noche, como él lo hacía, en la cima de una alta montaña, y pasando la mayor parte del día en el aire, Pegaso apenas parecía criatura de la tierra. Dondequiera que se le veía a mucha altura, sobre la cabeza de las gentes, con el reflejo de sus alas plateadas, hubierais pensado que pertenecía al cielo, y que habiendo descendido demasiado bajo, se había extraviado entre nuestras nieblas y vapores, y andaba buscando el camino para volver. Era muy bonito mirar cómo se hundía en el seno lanoso de una brillante nube, perdiéndose en ella por un momento y atravesándola para salir al otro lado. En medio de un sombrío aguacero, cuando por todo el cielo había un pavimento gris de nubes, sucedía a veces que el caballo alado bajaba a plomo a través de ellas, y la luz alegre de las regiones superiores brillaba tras él. Verdad que un instante después, tanto Pegaso como la gozosa luz habían desaparecido; pero el que había tenido la fortuna de ver aquel maravilloso espectáculo, estaba animado todo el día, y más si duraba más la tormenta.
En verano, en lo más hermoso de la estación, solía Pegaso bajar a tierra, y cerrando sus alas de plata, se entretenía en galopar por valles y colinas con la rapidez del viento. Más a menudo que en ningún otro sitio se le había visto junto a la Fuente de Pirene, bebiendo su agua deliciosa o revolcándose por la blanda hierba de la orilla. También algunas veces (pues Pegaso era muy delicado para la comida) pacía unos cuantos brotes de trébol de los más tiernos.
Por consiguiente, los tatarabuelos de las gentes que entonces vivían, habían tenido la costumbre de ir a la Fuente de Pirene (mientras eran jóvenes y seguían creyendo en caballos con alas), llevados por la esperanza de ver un instante al hermoso Pegaso; pero en los últimos años se le había visto muy rara vez. Tanto, que mucha gente del campo, cuya casa estaba a menos de media hora de paseo de la fuente, no había contemplado nunca a Pegaso, ni creía en la existencia de semejante criatura. Y ocurrió que el campesino a quien se dirigió Belerofonte era una de esas personas incrédulas.
Y ésta fué la razón de que se riese.
—¿Pegaso? ¡Sí, sí!—exclamó, dilatando las narices todo lo que pueden dilatarse unas narices chatas—; ¡sí, sí, Pegaso! ¡Un caballo con alas, eh! Pero, amigo, ¿estás en tus cabales? ¿Para qué le servirían las alas a un caballo? ¿Crees que tiraría bien de un carro? A decir verdad, alguna economía podría hacerse en el gasto de herraduras; pero, ¿cómo le había de gustar a un hombre ver salir volando a su caballo por la ventana de la cuadra, o encontrarse con que le llevaba disparado por encima de las nubes, cuando sólo quisiera ir al molino? No, no; yo no creo en Pegasos. Nunca ha habido tan ridícula clase de caballos-pájaros.
—Yo tengo mis razones para pensar de otro modo—dijo Belerofonte con toda calma.