Entonces se volvió hacia un viejo canoso que, apoyándose en una cayada, escuchaba atentamente con el cuello estirado y la mano en la oreja, porque hacía veinte años que se había quedado un poquito sordo.

—¿Qué dices tú, venerable anciano?—le preguntó—. Me figuro que cuando eras más joven habrás visto con frecuencia al caballo alado.

—¡Ah, joven forastero! Tengo muy mala memoria—dijo el viejo—. Si no recuerdo mal, cuando era muchacho acostumbraba a creer que existía ese caballo, y lo mismo que yo lo creía todo el mundo; pero ahora casi no sé qué creer, y muy pocas veces pienso en el caballo con alas. Si alguna vez he visto a ese animal, hará mucho, muchísimo tiempo. Y a decir verdad, no estoy seguro de haberlo llegado a ver. Cierto que, cuando yo era muy joven, recuerdo haber visto un día muchas pisadas de caballo alrededor de la fuente. Tal vez fueran de Pegaso, pero también podían ser de cualquier otro caballo.

—¿Y tú, hermosa joven, no le has visto nunca?—preguntó Belerofonte a la muchacha, que estaba parada con el cántaro sobre la cabeza mientras tenían esta conversación—. De seguro que si alguien puede ver a Pegaso eres tú, porque tienes unos ojos muy vivos.

—Creo que le he visto una vez—replicó la doncella, sonriéndose y sonrojándose—. O era Pegaso o un pájaro blanco grandísimo, que iba muy alto por el aire. Y otra vez, cuando venía a la fuente con mi cántaro, oí un relincho, pero ¡qué relincho más fuerte y melodioso! Con la delicia de aquel sonido me dió un salto el corazón; pero me asusté, sin embargo, y eché a correr a casa sin llenar el cántaro.

—¡Fué una lástima, verdaderamente!—dijo Belerofonte, y se volvió hacia el niño que mencioné al principio del cuento, y que estaba mirándole fijo, fijo, como acostumbran los niños mirar a los forasteros, con su rosada boquita abierta de par en par.

—¡Eh, amiguito!—exclamó Belerofonte, tirándole cariñosamente de uno de los rizos—. Supongo que tú habrás visto a menudo el caballo con alas.

—Sí que le he visto—respondió el niño vivamente—. Le vi ayer, y muchas veces antes.

—¡Eres un hombre!—dijo Belerofonte atrayendo al niño hacia sí—. Ven, y cuéntame todo lo que sepas.

—Pues, nada—replicó el niño—. Yo vengo aquí a menudo para echar barquitos en la fuente y coger piedrecitas del fondo, y algunas veces, cuando miro en el agua, veo la imagen del caballo con alas en el pedazo del cielo que allí se retrata. Yo quisiera que bajara, me dejara montar en él y me llevara volando hasta la luna; pero no baja. Como si le molestase que le miraran, vuela muy lejos, perdiéndose de vista.