Y Belerofonte tuvo más fe en el niño que había visto la imagen de Pegaso en el agua, y en la joven que le había oído relinchar tan melodiosamente, que en el patán de mediana edad, que sólo creía en los caballos de carro, o que en el viejo, que había olvidado ya las bellas cosas de su juventud.
Por eso fué muchos días a la Fuente de Pirene, y observando continuamente, mirando unas veces hacia arriba, a los cielos, y otras a la superficie del agua, no perdía la esperanza de ver la imagen reflejada del caballo con alas, o acaso, acaso, la maravillosa realidad. Llevaba siempre dispuestas en la mano las riendas doradas, con sus piedras brillantes y su bocado de oro. Los campesinos que vivían allí cerca y llevaban sus ganados a beber en la fuente, se reían a menudo del pobre Belerofonte, y algunas veces le zaherían con dureza. Le decían que un hombre robusto como él debía hacer algo más útil que perder el tiempo en tan ocioso empeño. Le ofrecían venderle un caballo, si lo necesitaba, y como Belerofonte se negó a la compra, quisieron comprarle a él la hermosa brida.
Hasta los niños la tomaron con él, y acostumbraban a jugar allí cerca, sin que Belerofonte les hiciera caso alguno, aunque bien les oía y les veía. Un chiquillo de aquéllos hacía de Pegaso, por ejemplo, y daba los saltos más extravagantes, haciendo como que volaba, y mientras tanto uno de sus compañeros iba tras él, llevando en la mano un par de juncos, que representaban la brida lujosísima de Belerofonte. Pero el niño bondadoso que había visto la imagen de Pegaso en el agua, alentaba al joven forastero más de lo que todos los chiquillos malos podían atormentarle. Aquel buen amiguito iba, en sus horas libres, a sentarse a su lado, y sin decir palabra, miraba abajo en la fuente, o arriba en el cielo, con fe tan inocente, que Belerofonte no podía menos de sentirse animado.
Ahora querréis, probablemente, que os diga por qué se había puesto Belerofonte a esperar al caballo alado. No encontraré mejor oportunidad para hablar de esto, que mientras aguarda a que Pegaso aparezca.
Si fuera a contaros todas las aventuras anteriores de Belerofonte, resultaría un cuento sumamente largo. Baste decir que un terrible monstruo, llamado la Quimera, había aparecido en cierto país de Asia, y estaba haciendo más daño del que se puede decir de aquí a mañana. Esta Quimera era una de las más horribles y ponzoñosas criaturas, la más rara e inexplicable y la más difícil de combatir y de escapar de ella, que jamás salió de las entrañas de la Tierra. Tenía la cola como una serpiente boa; su cuerpo era desmesurado y tenía tres cabezas distintas, una de las cuales era de león, la segunda de cabra y la tercera de serpiente, abominablemente grande. Y ¡qué chorro de fuego salía flameando de cada una de sus tres bocas! Como era un monstruo terrestre, dudo si tendría alas; pero, tuviéralas o no, el caso es que corría como una cabra y un león, y se asustaba lo mismo que una serpiente, y con una cosa y otra alcanzaba tanta velocidad como los tres juntos.
¡Oh! ¡Cuánto, cuánto daño hacía esa maligna criatura! Con su aliento de llamas podía incendiar un bosque, o quemar un campo de mieses, o un pueblo entero, con todas sus casas y cercados. Devastaba grandes extensiones de terreno a su alrededor, y acostumbraba a comerse las personas y los animales vivos, cociéndolos después en el ardiente horno de su estómago. ¡Quiera Dios, hijitos, que ni vosotros ni yo tropecemos jamás con un monstruo semejante!
Mientras la odiosa bestia (si es que bestia puede llamársele) estaba haciendo todas estas cosas terribles, llegó Belerofonte a aquella parte del mundo para visitar al rey. Éste se llamaba Iobates, y el país que regía era Licia. Belerofonte era uno de los jóvenes más valientes del mundo, y nada le gustaba tanto como llevar a cabo algún hecho valeroso y benéfico, tal que toda la Humanidad le admirase y le amase. En aquellos tiempos, un joven que deseara distinguirse no tenía más camino que el de librar grandes combates, ya fuera con los enemigos de su Patria, ya con malvados gigantes o molestos dragones, o con bestias feroces, cuando no podía encontrar cosa más peligrosa con que habérselas. El rey Iobates, conociendo el valor de su joven visitante, le propuso que fuese a pelear con la Quimera, que aterraba a todo el mundo, y de no matarla pronto, llevaba trazas de convertir a toda Licia en un desierto. Belerofonte no vaciló un instante, y aseguró al rey que mataría a la temida Quimera o perecería en la demanda.
Reflexionó, sin embargo, que, siendo el monstruo tan prodigiosamente veloz, no podría nunca vencerle si luchaba con él a pie. Lo prudente sería, por tanto, adquirir el mejor y más rápido caballo que pudiera encontrarse. Y ¿qué otro había en el mundo que fuera ni la mitad de rápido que Pegaso, el caballo maravilloso que tenía alas y piernas y se movía en el aire con más facilidad aún que sobre la tierra? Cierto que muchísima gente negaba la existencia de semejante caballo con alas, y decía que sólo era cosa de cuentos y puro disparate. Mas, por maravilloso que pareciese, Belerofonte creía que Pegaso era un caballo auténtico, y confiaba en tener la fortuna de encontrarle. Y una vez montado sobre sus lomos, estaría en condiciones de pelear ventajosamente con la Quimera.
Y éste era el motivo de haber viajado desde Licia a Grecia, llevando en la mano la brida hermosamente adornada. Era una brida encantada. Con sólo que lograse poner el bocado de oro en la boca de Pegaso, el caballo alado se mostraría sumiso, reconocería por amo a Belerofonte, y volaría hacia donde éste quisiera volver la rienda.
Pero, mientras tanto, el tiempo que estuvo aguardando, aguardando, con la esperanza de que Pegaso iría a beber a la Fuente de Pirene, fatigó extraordinariamente a Belerofonte y le llenó de ansiedad. Temía que el rey Iobates se figurase que había huído de la Quimera. Le causaba dolor también el pensar cuánto daño estaría haciendo el monstruo, mientras que él, en lugar de combatirle, se veía obligado a sentarse ocioso, mirando cómo brotaban las claras aguas de la fuente. Y como Pegaso había ido por allí tan de tarde en tarde aquellos años últimos, y apenas si bajaba una vez durante la vida de un hombre, temía Belerofonte hacerse viejo y perder la fuerza de su brazo y el valor de su corazón, antes de que apareciese el caballo con alas. ¡Oh! ¡Cuán pesadamente pasa el tiempo cuando un joven arrojado ansía tomar parte en la vida y cortar la cosecha de su fama! ¡Qué difícil es esperar! Nuestra vida es corta, y ¡qué parte más grande de ella se pierde en aprender esta verdad!