Suerte fué para Belerofonte que el niño le hubiese tomado tanto cariño y no se cansase de su compañía. Todas las mañanas le infundía una nueva esperanza, en sustitución de la perdida el día antes.

—Querido Belerofonte—exclamaba mirándole animosamente—, creo que hoy vamos a ver a Pegaso.

Y si no hubiera sido por la fe inextinguible del muchachito, Belerofonte habría acabado por perder toda esperanza, y habría vuelto a Licia e intentado matar a la Quimera sin ayuda del caballo con alas. En tal caso, el pobre Belerofonte habría sido, cuando menos, terriblemente chamuscado por el aliento del monstruo, y probablemente muerto y devorado. Nadie podía ni intentar combatir con una Quimera terrestre, sin ir montado sobre algún animal aéreo.

Una mañana habló el niño a Belerofonte con más fe todavía que de costumbre.

—Mi queridísimo Belerofonte—exclamó—, no sé por qué, pero siento como si hoy, seguramente, fuéramos a ver a Pegaso.

En todo aquel día no quiso apartarse ni un momento del lado de Belerofonte. Juntos comieron un pedazo de pan y bebieron agua de la fuente. Por la tarde se sentaron cerquita uno de otro, y el niño colocó una de sus menudas manos entre las de Belerofonte. Éste se hallaba abismado en sus pensamientos, y miraba distraído los troncos de los árboles que daban sombra a la fuente y a las vides que trepaban por sus ramas. Mas el niño no dejaba de observar en el agua; por su cariño a Belerofonte, le afligía pensar que la esperanza de aquel día saliera fallida, como la de tantos otros, y de sus ojos corrieron algunas lágrimas silenciosas, yendo a mezclarse con las muchas que, según decían, había vertido Pirene por su hijo muerto.

Cuando menos lo pensaba, sintió Belerofonte la presión de la manecita del niño, y oyó un susurro casi imperceptible:

—¡Mira ahí, querido Belerofonte! Hay una imagen en el agua.

El joven miró en el movedizo espejo de la fuente, y vió algo como la imagen de un pájaro que parecía estar volando a grandísima altura, reflejándose el sol en sus níveas o argentadas alas.

—¡Qué pájaro más espléndido debe ser—dijo—, y qué grande parece, a pesar de estar volando más alto que las nubes!