—Me hace temblar—murmuró el niño—. Me da miedo mirar hacia arriba, en el aire. Es muy hermoso, pero yo no me atrevo más que a mirar su imagen en el agua. Querido Belerofonte, ¿no ves que no es un pájaro? Es el caballo con alas, es Pegaso.

El corazón empezó a saltar en su pecho. Miró fijamente hacia arriba; pero no pudo ver a la alada criatura, fuese pájaro o caballo, porque entonces precisamente se había hundido en un nubarrón; sin embargo, un momento después reapareció, atravesando la nube por la parte inferior, aunque todavía a gran distancia de la tierra. Belerofonte cogió al niño en brazos y se apartó con él, hasta que ambos quedaron ocultos entre el espeso bosquecillo de arbustos que crecía alrededor de la fuente. No porque tuviese miedo de ningún daño, pero sí por temor a que si llegaba a vislumbrarlos Pegaso, volara muy lejos y fuera a posarse en alguna inaccesible montaña. Porque era, realmente, el caballo alado. Después de esperarlo tanto tiempo, llegaba, al fin, a mitigar su sed con el agua de Pirene.

Cada vez se acercaba más y más la aérea maravilla, describiendo grandes círculos, como habréis visto hacer a las palomas cuando van a bajar a tierra. Hacia abajo iba también Pegaso, y los amplios, majestuosos círculos, se iban haciendo más y más estrechos a medida que se aproximaba a tierra. Cuanto más cerca se le veía, parecía más hermoso, y más maravillaba el batir de sus plateadas alas. Por último, con tan ligera presión que apenas aplastó la hierba que crecía alrededor de la fuente, ni dejó la huella de sus cascos en la arena de la orilla, se posó en tierra, y bajando la indómita cabeza, comenzó a beber. Absorbía el agua con grandes suspiros de satisfacción y tranquilas pausas de contento; luego daba otro sorbo, y luego otro y otro; que ni en toda la tierra ni en las nubes había agua que agradara a Pegaso tanto como aquella de Pirene. Cuando hubo saciado la sed, tronchó con los dientes unos cuantos de los dulces capullos del trébol, y los saboreó delicadamente, pero sin comer cantidad de ellos, porque las hierbas nacidas entre las nubes, sobre las altas laderas del Monte Helicón, convenían a su paladar mejor que aquel pasto ordinario.

Después de haber bebido así hasta satisfacerse, y de haberse dignado comer un poquito por coquetería, el caballo alado comenzó a brincar de un lado a otro y a danzar, como si estuviera entregado por completo a la holganza y al juego. Nunca hubo criatura más juguetona que aquel Pegaso. Sacudía sus grandes alas como un pajarillo, y daba carreritas, medio por la tierra, medio por el aire, que no sé si llamar vuelos o galopes. Cuando una criatura es capaz de volar perfectamente, prefiere algunas veces correr por puro entretenimiento, y eso hizo Pegaso, aunque le costaba algo más mantener los cascos tan cerca del suelo. Belerofonte entretanto, y sin soltar de la mano al niño, se asomó fuera del boscaje, y pensó que no había visto cosa más hermosa que aquélla, ni ojos de caballo tan vivos e inteligentes como los de Pegaso. Parecía un pecado pensar en ponerle una brida y montarlo.

Una o dos veces se paró Pegaso, aspirando fuertemente el aire, levantando las orejas, estirando el cuello y volviéndose a todos lados, como si recelase algún mal. Sin embargo, como ni vió ni oyó nada, pronto volvió a sus juegos.

Por fin, y no porque estuviera cansado, sino de puro satisfecho y desocupado, plegó Pegaso las alas y se tumbó sobre la verde pradera; pero como estaba demasiado lleno de vida aérea para permanecer quieto mucho tiempo, comenzó pronto a revolcarse sobre el lomo, alzando al aire sus piernas finas. Era hermoso el ver aquella criatura, única y solitaria, cuyo compañero no había sido creado, que no lo necesitaba tampoco, y que, viviendo muchos siglos, era tan feliz como largos ellos. Cuantas más cosas hacía de las que los caballos mortales acostumbran a hacer, menos terreno y más maravilloso parecía. Belerofonte y el niño casi no respiraban, en parte por su emoción deliciosa, pero principalmente porque temían que el más ligero ruido o murmullo le hiciera lanzarse, con velocidad de flecha, al más lejano azul del cielo.

Por último, cuando ya se había revolcado bastante, Pegaso dió vuelta, e indolentemente, como otro caballo cualquiera, afirmó los cascos delanteros como para levantarse del suelo. Belerofonte adivinó que iba a hacerlo así, y saliendo súbitamente del boscaje, se montó de un salto sobre sus lomos.

Sí. ¡Se montó sobre los lomos del caballo con alas!

Pero, ¡qué salto dió Pegaso cuando, por primera vez en su vida, sintió sobre sí el peso de un mortal! ¡Aquéllo era un salto! Antes de que tuviera tiempo de respirar, se encontró Belerofonte levantado a una altura de doscientos metros, siguiendo aún hacia arriba, mientras que el caballo con alas resoplaba y se estremecía de terror y de cólera. Hacia arriba fué, arriba, arriba, arriba, hasta hundirse en el húmedo seno de una hube, a la cual había mirado Belerofonte un poquito antes, imaginándosela como un lugar muy agradable. Después, fuera ya de la nube, se dejó caer Pegaso lo mismo que un rayo, como si quisiera estrellarse con su jinete contra una roca. Luego hizo un millar de las más salvajes cabriolas que jamás hayan podido hacer pájaro ni caballo alguno.

No sabré deciros ni la mitad de lo que hizo. Se deslizó, rápido, hacia adelante, y a los lados y hacia atrás. Se paró con las patas delanteras en un jirón de neblina, y las de atrás en nada absolutamente. Coceó furiosamente y bajó la cabeza, metiéndola entre las manos, con las alas apuntando derechas hacia arriba. A un par de kilómetros de altura sobre la tierra, dió un salto mortal, de manera que los talones de Belerofonte estuvieron donde debía estar la cabeza, y parecía que miraba al cielo hacia abajo, en vez de mirarlo hacia arriba. Volvió la cabeza violentamente, y mirando a Belerofonte a la cara, como si echara fuego por los ojos, hizo un terrible esfuerzo por morderle. Sacudió las alas con tal violencia, que una de las plumas de plata se desprendió y cayó a tierra, siendo recogida por el niño, quien la guardó toda su vida como recuerdo de Pegaso y Belerofonte.