Mas este último (que según podéis apreciar, era tan buen jinete como el mejor domador de potros) estuvo acechando la oportunidad favorable, y al fin encajó el bocado de oro de la brida encantada entre las quijadas del caballo alado. Apenas lo hubo hecho, cuando Pegaso se volvió tan manejable como si toda su vida hubiera tomado el alimento de mano de Belerofonte. A decir lo que realmente siento, casi daba una pena ver tan súbitamente domada a una criatura tan salvaje. Pena debía sentir Pegaso también. Miró a Belerofonte con lágrimas en los hermosos ojos, en vez del fuego que poco antes despedían; pero cuando Belerofonte le acarició la cabeza y le dijo unas cuantas palabras con tono de autoridad, pero con cariño, vió en los ojos de Pegaso otra mirada bien distinta, como si le placiera haber encontrado, al cabo de tantos siglos, un amo y compañero.
Así ocurre siempre con los caballos alados y con las criaturas indómitas y solitarias como ellos. Si podéis atraparlas y dominarlas, es el mejor camino para lograr su cariño.
Mientras Pegaso estuvo haciendo todo lo posible por sacudirse de encima a Belerofonte, recorrió una distancia muy grande, y al tiempo de ponerle el bocado estaban llegando a la vista de una montaña altísima. Belerofonte ya había visto antes esa montaña, y conoció que era Helicón, en cuya cima vivía el caballo alado. Allá voló Pegaso (después de mirar dócilmente a su jinete, como preguntándole si lo permitía), y posándose, esperó pacienzudo a que Belerofonte quisiera apearse. El joven saltó de los lomos de su caballo, manteniéndolo sujeto por la brida; pero al mirar sus ojos le conmovió tanto la docilidad de su aspecto y su hermosura, y la idea de la vida libérrima que había llevado Pegaso hasta entonces, que no se sintió capaz de tenerlo prisionero, si él realmente deseaba su libertad.
Dejándose llevar de tan generoso impulso, dejó caer la brida encantada de la cabeza de Pegaso y le sacó el bocado.
—¡Déjame, Pegaso!—le dijo—. ¡Déjame o quiéreme!
En un instante, el caballo alado salió disparado hasta perderse casi de vista, remontándose a plomo sobre la cima del Monte Helicón. El sol se había puesto hacía ya tiempo, lo alto de la montaña estaba aún en el crepúsculo, y la comarca de alrededor en noche obscura; pero Pegaso voló tan alto, que alcanzó al día que se iba y se bañó en la luz que irradiaba el sol por las alturas. Subiendo cada vez más alto, parecía una mancha brillante, y al fin se perdió en la inmensidad del cielo. Temió Belerofonte no volverle a ver más; pero cuando estaba deplorando su locura, reapareció la mancha brillante y se fué acercando más cada vez, hasta descender por bajo de la luz del sol, y ¡allí estaba Pegaso de vuelta! Después de prueba tal, ya no había cuidado de que el caballo con alas se escapase. Él y Belerofonte fueron amigos, y se quisieron fielmente el uno al otro.
Aquella noche se echaron, y durmieron juntos con el brazo de Belerofonte sobre el cuello de Pegaso, no por precaución, sino por cariño. Ambos se despertaron al despuntar la mañana, y se dieron los buenos días, cada cual en su lengua.
De este modo pasaron varios días Belerofonte y el maravilloso caballo, conociéndose cada vez más y aficionándose más el uno al otro. Hacían largos viajes aéreos, y alguna vez subían tan altos, que la Tierra apenas parecía mayor que... la Luna. Visitaron países remotos y asombraron a los habitantes, quienes pensaron que aquel hermoso joven, montado en un caballo con alas, tenía que haber bajado del cielo. Recorrer mil kilómetros por día era cosa muy fácil para el veloz Pegaso. Aquel género de vida encantaba a Belerofonte, y muy a gusto habría vivido siempre así, en la clara atmósfera de las alturas, en donde hacía siempre buen tiempo, por muy desapacible y lluvioso que lo fuera abajo; pero no podía olvidar a la horrible Quimera y la promesa hecha al rey Iobates, de matarla. Por eso, cuando ya hubo aprendido bien la equitación aérea y sabía manejar a Pegaso con un ligero movimiento de la mano, y le enseñó a obedecer su voz, se dispuso a llevar a cabo la peligrosa aventura.
En consecuencia, al romper el día y tan pronto como abrió los ojos, dió un tironcito de orejas al caballo alado para despertarlo. Inmediatamente se alzó Pegaso del suelo, subiendo hasta media legua de altura, y dió, velocísimo, una gran vuelta a la cima de la montaña, como para mostrar que estaba bien despabilado y listo para cualquier excursión. Mientras duró ese vuelo estuvo dando fuertes, alegres y melodiosos relinchos, y finalmente descendió junto a Belerofonte tan levemente como habréis visto que se posan los pájaros sobre los arbustos.
—¡Muy bien, querido Pegaso! Bravo por mi cortacielos!—exclamó Belerofonte, dando unas palmaditas en el cuello del caballo—. Y ahora, mi raudo y hermoso amigo, tenemos que desayunar. Hoy vamos a pelear con la terrible Quimera.